A una voz
P ertenecemos a un paisaje. Pertenecemos a una historia con minúscula más que a una Historia con mayúscula. Esta siempre ha andado haciendo la puñeta a las clases subordinadas, proletarias, populares; porque son las clases altas, las élites, las que hacen la Historia, pero esta apenas les hace a ellos más allá de lo estético o lo ético. Pero esa Historia que ellos hacen, nosotros las sufrimos en nuestros cuerpos y en nuestras almas, sobre todo en nuestros amolados cuerpos; y no hay más que mirar a la gente para comprobarlo.
Pertenecemos a un relato, una historia construida durante siglos, una genealogía de parientes, pero también de compañeros, de aquellos con quienes hemos compartido el trabajo y el pan; un relato que es necesario releer cada generación, honrar pero también enmendar, asumir pero también reescribir.
Pertenecemos al silencio. Pertenecemos a nuestros silencios más que a nuestras palabras, aunque son estas las que nos construyen, y por eso hay que vivirlas y gustarlas y amasarlas, pero nunca amansarlas, y compartirlas.
Las palabras son la clase obrera de la realidad, es la mano de obra que la construye. Pertenecemos a unas voces que nuestra sangre no tiene más remedio que escuchar. Pertenecemos a una voz.

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