Raimundo FITERO
DE REOJO

Incendio tóxico

Sin entrar en aseveraciones inducidas por algún credo, que un incendio en una factoría donde elaboran cloro provoque la evacuación de ciento sesenta mil personas de cinco poblaciones catalanas alrededor de Vilanova i la Geltrú produce sorpresa, estupefacción y algo de miedo, además de un mosqueo incondicional. Nos hemos lavado los dientes con dentífricos que se promocionaban a partir de llevar cloro, hemos bebido aguas del grifo que sabían a cloro, nos hemos bañado en piscinas que apestaban a cloro y resulta que puede ser muy tóxico, tanto como que, al arder, crea una nube que hace que se deban evacuar a miles de personas que viven cerca de esa factoría que está ardiendo.

Es una de las tantas circunstancias en las que, por el poder irreversible de los hechos, descubrimos secretos industriales que van casi siempre en contra de la vida, el medio ambiente, la salud, pero que se producen con ánimo de lucro y a partir de decisiones institucionales que nunca acaban de ser contrastadas de una manera que aseguren su fiabilidad. Es una constante diaria; la inversión de las empresas farmacéuticas se mueve en cifras astronómicas, al igual que sus beneficios. Pueden necesitar miles de millones de euros para sacar un producto al mercado. Un asunto muy delicado.

Por eso hay que agarrarse a un concepto que acabo de conocer, refiriéndose a la IA y su utilización de manera masiva en diferentes actividades de toda índole, pero en el artístico o literario, entre otros, no crea nada; por eso se la llama la regurgitadora de lo que ha ingerido. No está nada mal.