«La comunidad drusa no pretende crear un Estado apoyado por Israel»
Desde que estalló la guerra en Siria, aunque sobre todo tras el auge del Estado Islámico (ISIS), el analista Aymenn Jawad al-Tamimi documenta en su web http://www.aymennaltamimi.com los movimientos yihadistas y la miríada de milicias étnicas y religiosas que actúan en Siria e Irak.

A finales de 2024, después de trece años de guerra civil, los cuatro últimos marcados por el estancamiento en las posiciones, la dinastía siria de los Al-Assad sucumbió ante una ofensiva relámpago encabezada por la milicia salafista Hayat Tahrir al-Sham (HTS). Como un castillo de naipes, décadas de opresión se derrumbaron en un puñado de días, y fue el líder de esta milicia, Ahmed al-Sharaa, quien terminó aupándose en el poder.
Desde entonces, Al-Sharaa dirige un Ejecutivo transitorio que promete que, cuando las condiciones lo permitan, organizará elecciones democráticas en Siria. Pragmático, Al-Sharaa se ha alejado del rigorismo ideológico y pretende una Siria árabe, centralista y respetuosa con las minorías religiosas y étnicas. Sin embargo, las comunidades desconfían de un Gobierno de talante salafista que, en esta etapa transitoria, parece incapaz de protegerlas: en marzo, un millar de alauitas fueron masacrados por milicias suníes; y en mayo, fueron decenas los drusos fallecidos en altercados de violencia sectaria.
«La ideología del propio Gobierno genera nerviosismo en la comunidad drusa y el resto de minorías», explica Aymenn Jawad al-Tamimi a GARA. «De hecho, hay segmentos de la sociedad siria que no ven a los drusos como musulmanes, a pesar de que en Siria este grupo se llama a sí mismo secta drusa musulmana monofisita», explica sobre esta comunidad de credo sincrético que, escindida en el siglo XI del chiísmo ismailí, cuenta con más de un millón de feligreses en Oriente Medio: 700.000 en Siria, 200.000 en Líbano y 150.000 en Israel.
Recientemente, dos días de altercados dejaron decenas de drusos fallecidos en Siria. ¿Qué está ocurriendo con esta comunidad?
Cuando empezó a derrumbarse el régimen de los Al-Assad, los grupos drusos del sur del país ayudaron a derrocarlo en la provincia de Sueida, donde son mayoría, así como en regiones de Damasco, en Sahnaya y Jaramana. Sin embargo, en general, la comunidad drusa mostró su preocupación por el talante del nuevo Gobierno, que es suní, islamista y centralista, y, en particular, los grupos armados drusos esperaban algún tipo de descentralización o autonomía. Sobre todo en Sueida quieren que las fuerzas de seguridad las conformen integrantes de la comunidad drusa.
Al mismo tiempo, no ha dejado de aumentar la frustración del Gobierno sirio con esta comunidad, y que Israel hable de intervenir para apoyarla no hace más que añadir sospechas sobre las tendencias separatistas drusas. Pero quiero dejar una cosa clara: el separatismo no es tendencia entre los drusos, que quieren ser parte de Siria bajo un sistema federal o descentralizado. Tras los enfrentamientos que dejaron decenas de personas muertas y cientos de familias desplazadas, las dos partes se dieron cuenta de que tenían que negociar y alcanzaron un acuerdo.
¿Qué estipula este acuerdo?
Que en Sueida las fuerzas locales se encarguen de la seguridad. El Gobierno, parcialmente, está de acuerdo, pero, de momento, aún no hemos presenciado cambios sobre el terreno. Además, para reactivar la Policía local y devolver el trabajo a los funcionarios, el Gobierno necesita dinero y no lo tiene: Siria está aislada, bajo sanciones (se están empezando a levantar), y no ha podido reactivar la economía para obtener la liquidez con la que pagar los salarios. Más allá del escepticismo hacia el Gobierno, es el dinero el que consigue que las personas se decanten por integrarse en una u otra milicia siria.
El sheikh druso Hikmat al-Hijri ha asegurado que existe una campaña genocida contra la comunidad drusa. ¿Quién es Al-Hirji?
La comunidad drusa en Siria tiene tres líderes espirituales, y uno es Hikmat al-Hijri. En esta comunidad, para tomar decisiones, se necesita consenso entre los tres líderes espirituales y, de momento, no existe. De ellos, Al-Hijri es el que más ha incidido en la preocupación que le generan los grupos armados que trabajan para el nuevo Gobierno.
Antes de estos últimos estallidos de violencia, no todo el mundo compartía su escepticismo, pero los acontecimientos recientes refrendan algunas de sus posiciones. Como es uno de los tres líderes religiosos drusos, aunque no todo el mundo coincida con sus posturas, es especialmente influyente y hay que tenerle en cuenta para cualquier acuerdo final.
¿Alguno de estos líderes religiosos es cercano a Israel?
Ninguno lo es más que otro. Antes de que fuera derrocado Bashar Al-Assad, las posiciones públicas que defendían eran similares a las del régimen. ‘Estamos en contra de Israel’, decían. La comunidad drusa no pretende la creación de un Estado druso apoyado por Israel.
Israel bombardea Siria, ocupa territorios en los Altos del Golán y ahora se erige como protector de la comunidad drusa. ¿Qué intenta obtener en Siria?
Israel siempre ha perseguido que Siria sea un país débil. Una Siria dividida minimiza las amenazas sobre su seguridad, y los oficiales israelíes promueven una división en base a líneas sectarias y religiosas, con enclaves alauitas, kurdos o drusos.
¿Israel desea un país de milicias como Libia o Irak?
Quiere dividir el país porque teme la naturaleza de la oposición a Al-Assad. No le gusta Hayat Tahrir al-Sham (HTS), en parte porque ve en el grupo a un ‘proxy’ con el que Turquía podría amenazar. Tampoco quiere un Gobierno central fuerte dirigido por HTS. Teme un ataque, pero no tiene sentido: todos vemos lo que Israel está haciendo en Gaza. El nuevo Gobierno sirio es consciente de su débil posición y quiere resolver las diferencias de forma pacífica: quiere que Israel devuelva los territorios ocupados del Golán, que la situación territorial sea como antes de la guerra. No le hablo necesariamente de normalizar relaciones, sino de mantener la frontera tranquila y respetar el acuerdo de alto al fuego de 1974.
¿Cómo valora los intentos de estabilización de Al-Sharaa?
El proceso es complejo; no solo son los drusos. En marzo se llegó a un acuerdo con las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), que aceptaron integrar su ejército y su sistema autonómico en el aparato estatal sirio. Sobre el terreno, de momento, las FDS solo han dejado algunas posiciones, y siguen controlando la seguridad y las instituciones en el norte y el este de Siria.
Aunque hayan alcanzado un acuerdo, ¿las FDS intentarán obtener un sistema autonómico como el que disfrutan los kurdos en Irak?
Es lo que desean. Los líderes políticos siguen hablando de federalismo, aunque Mazloum Abdi, líder de las FDS, rechaza una autonomía al estilo iraquí. La Presidencia de Siria está en contra de cualquier partición de Siria y sospecha de las intenciones de las FDS, que esperan que Estados Unidos siga apoyando su causa. Si Estados Unidos retirase su apoyo, tendrían un motivo para integrarse.
En paralelo, el Gobierno está tratando de integrar a grupos armados del Ejército Nacional Sirio, apoyado por Turquía. Sin embargo, en realidad, no existe tal integración: los grupos mantienen sus liderazgos y solo cambian el número o el nombre de la brigada. De hecho, uno de los problemas potenciales de Siria es que se replique la situación de Irak con las [milicias] Fuerzas de Movilización Popular. Al-Sharaa no desea que la violencia sectaria le salpique, pero no controla a todos los grupos que actúan en el país. Por eso, hay asesinatos y secuestros de alauitas en Lataquia y Tartús.
El Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) está en proceso de disolución. Si las FDS mantienen su autonomía, ¿podemos esperar una operación militar de Turquía?
Turquía ve a las FDS como una extensión del PKK, y quiere que se integren en Siria. Es un impedimento que Estados Unidos esté ahí, pero, además, no veo a Turquía enviando a miles de tropas hasta Deir al-Zor o Raqqa: puede realizar ataques en la frontera o asesinatos selectivos de líderes de las FDS, algo que ya hace, pero quiere que Siria gestione la situación. A diferencia de los israelíes, Turquía quiere un Gobierno sirio fuerte.
Al-Sharaa ha incluido a representantes de las minorías en su Ejecutivo. ¿Con el tiempo veremos un Estado islámico al estilo afgano o, más bien, uno como el iraquí, en el que las comunidades religiosas tengan estatus personales?
Al-Sharaa no quiere que Siria sea como Irak o Líbano. Ha mantenido el antiguo requerimiento constitucional para que el presidente sea un musulmán, pero él no quiere un sistema de cuotas para las minorías en los ministerios, como ocurre en Líbano. Él quiere un Gobierno central fuerte y enfatiza la identidad árabe de la mayoría de Siria. Al-Sharaa puede reconocer la cultura e identidad de los kurdos y, por supuesto, entregará más derechos que el anterior régimen, pero no podemos esperar un modelo como el de Irak o Líbano.
Al-Sharaa y el Estado Islámico son salafistas. ¿Persiguen un mismo tipo de Estado?
Hay diferencias evidentes. Si el Estado Islámico estuviera en el poder, exterminaría a las minorías. Su Estado podría compararse solo con el primer Estado saudí, que existió en los siglos XVIII y XIX. Pese a que haya elementos sectarios, el nuevo Gobierno no tiene ese enfoque.
¿Qué queda del califato del Estado Islámico?
En Siria operan células que solo reclaman acciones contra las FDS. Puede que trate de cometer un gran atentado en Siria, porque ha denunciado el sistema político y los lazos del nuevo Gobierno con otros Estados, pero, de momento, solo ha llevado a cabo acciones a muy baja escala.
¿No tiene poder suficiente?
Entre 2020 y 2024, cuando el conflicto estaba congelado en Siria, algunos yihadistas decían respetar al Estado Islámico por su lucha contra el régimen. Había esa llamada del grupo contra Al-Assad que ya no existe. Además, no vemos gran interacción transfronteriza [con Irak], donde está con un perfil muy bajo, y tal vez por esta razón no puede cometer atentados importantes en Siria. Antes de la caída de Al-Assad preocupaba que, si colapsaba el régimen, el Estado Islámico podría afianzarse por el vacío de poder. Por suerte, no ha ocurrido.

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