2013/11/15

Víctor Moreno
Escritor y profesor
San Francisco Javier, patrón de Navarra

«¿Para qué hay que tener un patrón?», se pregunta el autor que considera una burla sangrante mantener nombres de santos que encarnan una iglesia totalitaria y represora, que no dejó en paz a quienes no creían o tenían un credo distinto al suyo. E igualmente considera humillante que el día del patrón de Navarra, el arzobispo lea la cartilla confesional a los representantes de la voluntad popular. Relata la petición del arzobispo al patrón en 2012, «sirvan al derecho y combatan la injusticia» y, con ironía, recuerda que el 2013 fue el año de la «peste» en Nafarroa, el del saqueo de la CAN y el casi expolio de Donapea.

He dicho patrón? Y, ¿para qué hay que tener un patrón? ¿Sería Navarra menos Navarra si no lo tuviera? ¿Qué pasaría si dejáramos de tener patrones y patronas en los pueblos y ciudades? ¿Se hundiría la estatua de los fueros, el santuario de Javier, la catedral de Pamplona? ¿Bajaría Osasuna irremediablemente a segunda división? ¿No habría fiestas? ¿Quién ha decidido que un santo sea patrón confesional en un Estado aconfesional?

La existencia de este patronaje confesional revela cuán genuflexo sigue el poder civil respecto del poder religioso y teocrático. En algunos lugares, hasta parece mentira que el patrón de una ciudad siga siendo un santo cabrón que, en nombre de su Dios, llevó a la hoguera a miles de personas. ¿Por qué una sociedad plural debe mantener santos patrones, sean católicos, apostólicos y romanos? ¿Solo por la inercia de la tradición mayoritaria? No me cuadra.

Al parecer, todo lo bueno que ha sucedido a una ciudad desde tiempos de Diocleciano se lo debemos a estos santos patronos. Es bien llamativo que, en tiempos de pestes, diga la tradición de ellos que hicieron más por la ciudad que el correspondiente médico local y sus higiénicas recomendaciones, gracias a las cuales las gentes curaron sus fiebres. La primera Javierada, que tuvo lugar en 1886, lo fue para dar gracias a san Francisco Javier por haber librado a Navarra de la fiereza de la peste colérica que en 1885 azotó la península. Resulta alucinante enfrentarse a la creencia de que sea un santo quien haya hecho más por la ciudad y la humanidad enferma que Ramón Cajal o Fleming juntos. Esto, más que teocracia, es tontocracia.

Y es burla sangrante que haya tantas calles y plazas con nombres que la iglesia califica de santos cuando lo que representan es una forma de intolerancia religiosa en grado superlativo. Si no deseamos que nuestras calles estén tildadas con nombres de fascistas y franquistas sanguinarios, ¿por qué mantener nombres de santos que son la encarnación de una iglesia totalitaria y represora? ¿Qué santos de los que pululan en el santoral se caracterizaron en vida por dejar en paz a quienes no creían o tenían un credo distinto al suyo? El criterio de santidad eclesial nada tiene que ver con el sentido de santidad civil y autónoma de la sociedad. Se dan de bruces. Que haya tanto nombre de santos en el callejero denota el poder religioso omnímodo que la Iglesia ha tenido en la vida y en la muerte de las personas. Estaría bien que algún teólogo estudiara minuciosamente si el criterio de santidad que tiene la Iglesia es el mismo criterio que tiene el propio Dios para estos asuntos. Los santos que son santos a los ojos de los papas, ¿lo serán a los ojos divinos?

Sabido es que el día 3 de diciembre una comitiva de representantes de la soberanía popular se dirige al portal del santuario de Javier donde un individuo disfrazado de traje que llaman de arzobispo les lee la cartilla confesional correspondiente. Los que diseñan el protocolo de esta fiesta lo denominan acto central del día de Navarra.

¿Por qué nunca sucede al revés? ¿Por qué no es el poder político quien lee al arzobispo de turno la cartilla laica y aconfesional, garabateada con la lista de quejas de quienes no aceptan este tipo de acontecimientos clericales y otros muchos más que se cuelan en la vida política y civil de la ciudad? ¿Por qué no se establece una efeméride en la que el político de turno, después de haber recogido las quejas de la ciudadanía en relación con el comportamiento de la iglesia, se las entregara públicamente al arzobispo? ¿Tendría la Iglesia tanta humildad como presume para someterse a esta goliárdica representación?

En 2012, el arzobispo pidió al patrón -frase surrealista donde las hubiere-, que «ayude a los gobernantes en su cometido como representantes del pueblo», destacando «servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia».

Servir al Derecho y combatir el dominio de la injusticia, dijo el arzobispo. Maravillosas palabras. Seguro que consideraría muy adecuada su homilía y con certeza pensaría que gracias a ella el nivel moral de la ciudad aumentaría un primor. Si así lo creyera, que obre en consecuencia. Que repare este ciudadano Pérez en el favor que reportaría a su propia tribu de clérigos si permitiera que el poder civil le dijera cuál ha sido su comportamiento durante el año y cómo podría mejorar siguiendo las doctrinas de quien dicen que es su fundador. ¿Su fundador? No, mucho mejor aún: aceptando de buen grado que un representante de la soberanía popular le dijera qué leyes civiles ha infringido a lo largo de un año. Si la Iglesia refrota por los bigotes a los políticos citas del santo evangelio, ella debería aceptar con el mismo agrado que alguien le cantara qué artículos del código civil y penal se ha pasado por la garrocha de su teocracia.

Si hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios, empecemos por algo tan sencillo como poner a cada cual en su sitio. El arzobispo que arroje de su boca cuantos sapos y culebras quiera, pero que acepte humildemente, a continuación, el varapalo que la ciudadanía, mediante uno de sus representantes, tiene a bien endilgarle en el dominio donde la caga una y otra vez. Si el arzobispo critica de forma paternal a los políticos de esta tierra, acepte, también, que el pueblo, mediante uno de sus voceras, haga lo propio, escuchando la lista de injusticias y de agravios al derecho civil cometidos por la iglesia como institución, y los perpetrados por sus fámulos con bonete como individuos. Y, si esto no lo considera estético, sustitúyase por una lección magistral impartida por un político o filósofo que no hable en términos generales, sobre la necesidad de que la Iglesia deje de escabullir el bulto cada vez que comete un delito y que ella, para escaquearse, llama pecado.

En serio, el arzobispo debería reflexionar acerca la inutilidad real de su actuación. Reparemos en un detalle. La ofrenda del arzobispo al santo en 2012, se hizo, primero, para que «ayudara a los políticos a discernir con valentía y sin ilusiones vanas su cometido: el bien común», y, segundo, para que sirvieran al Derecho y a la Justicia. Pues bien, el año de 2013 fue el año de la peste en Navarra, el año de la revelación de los desbarajustes inmorales de los servidores de la CAN y, casi-casi el expolio de Donapea.

Si ha habido un año en el que se puso de manifiesto que los políticos no estaban sirviendo ni al Derecho ni al Bien común, ni a la Ética, ni a la Moral, solo a la legalidad que justificaba sus desmanes, ese fue el de 2013, el que siguió a la plegaria del arzobispo, el día de Navarra.

Bueno. Quizás, eso se debió a que el arzobispo no desveló con la claridad conceptual necesaria a qué Derecho se refería, porque aquí parece que se lo tomaron como una prolongación tradicional más del derecho de pernada...