2013/11/22

FABIÁN ESCALANTE
EXJEFE DEL SERVICIO SECRETO DE CUBA

Coincidiendo con el 50 aniversario del magnicidio de John F. Kennedy, el director, guionista y productor vasco Ángel Amigo entrevista al que fuera fundador y jefe de los servicios de inteligencia de Cuba. Fabián Escalante desmiente las versiones que le sitúan en el centro de la trama. Al contrario, apunta a un complot interno (un golpe de Estado de la ultraderecha) que utilizó como ejecutores a elementos del exilio cubano en la CIA en un intento de poner en el punto de mira a la Revolución cubana.

El magnicidio de Kennedy: una historia inconclusa
Ángel AMIGO DONOSTIA
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Cincuenta años después del magnicidio más mediático de la historia asistimos a una nueva polémica y revisión de lo entonces ocurrido. Uno de los protagonistas de esta polémica comenta para GARA su visión y balance de los hechos. Se trata de Fabián Escalante, general de Inteligencia retirado.

Escalante es fundador de los servicios de seguridad cubanos de los que fue su jefe durante años. Especializado en la lucha contra la CIA, ha escrito varios libros sobre los atentados de esta agencia para asesinar a Castro, la guerra secreta de Nicaragua y sobre todo ha investigado sobre el magnicidio de Dallas.

Sus conclusiones las vertió en otro libro titulado «El complot». Pero Escalante fue objeto de investigación y crítica por parte de los por él analizados. En 2006 un documental sobre el tema defendía la tesis de la autoría castrista del atentado y colocaba a Escalante en el centro. Ni más ni menos, era el segundo tirador de Dallas y, en cualquier caso, el que monitorizó las actividades de Lee Harvey Oswald, el asesino oficial.

En 1987 el Congreso de EEUU puso en marcha un «Comité selecto de la Cámara sobre el asesinato de Kennedy». Se entrevistó con Escalante y le encargó una investigación que entregó poco después. Sus aportaciones y análisis no fueron tenidos en cuenta y nunca se publicaron. De ello y de muchas cosas más habla en esta entrevista.

«John F. Kennedy fue asesinado mediante un complot, en el cual estuvieron involucrados elementos clave del Estado y el poder real en Estados Unidos, que además pretendía inculpar a Cuba del crimen y cuyos ejecutores fueron aquellos que tenían las motivaciones, los medios y el elemento humano entrenado para ello», asegura.

«Kennedy -prosigue- había concitado numerosos enemigos, internos y externos, con sus políticas, que en todo caso pretendían `modernizar' el Imperio de cara al siglo XXI. Según las conclusiones del Comité del Congreso de EEUU que en 1978 investigó el magnicidio, entre sus adversarios más peligrosos estaban el complejo militar industrial; los magnates del acero; la mafia, hostigada por las investigaciones sobre sus actividades; los racistas opuestos a los derechos civiles de los negros; los militares que apreciaban los acuerdos con la URSS sobre el control de los armamentos; los críticos de la reducción de sus bases en el extranjero y de la eventual detención de la guerra en Vietnam y que lo veían como un proceso para debilitar el poderío mundial norteamericano; y el exilio cubano, que le responsabilizaba de las derrotas sufridas». Incluso apunta que «seguro había muchos más, pero el meollo de la trama es determinar quiénes eran los que tenían los motivos, los medios y la oportunidad para cometer aquel atroz crimen».

Demasiados enemigos para un único asesino...

La tesis del asesino solitario, en este caso Lee Harvey Oswald (L.H.O.), se ha derrumbado con el paso de los años. Un operativo destinado a ejecutar a un presidente tuvo que contar al menos con una decena de hombres bien entrenados y un apoyo logístico especializado. Y tuvo que existir complicidad dentro del servicio secreto a cargo de su custodia, de las autoridades locales y nacionales, y de los diferentes aparatos policiales que allí actuaban; me refiero en primer lugar al FBI y a la Policía de la ciudad de Dallas.

Las investigaciones oficiales sobre el designado «asesino solitario» han demostrado en primer lugar que Oswald fue un agente de la CIA desde 1959, como su historial en la CIA y el FBI demostraba. A su regreso de la URSS en 1962, fue agente para el FBI con el expediente 201 a cargo de espiar a la colonia rusa en Dallas. En abril de 1963 viajó a Nueva Orleans y de inmediato se vincula al grupo «Cuba Democrática» del agente de la CIA Guy Banister, participando en la organización y abastecimiento de un ultrasecreto operativo CIA denominado «comandos mambises», con base en las inmediaciones del lago Portchartrain, donde se entrenaban decenas de hombres bajo el mando del agente de la CIA Manuel Villafaña.

Semanas más tarde, de manera incomprensible, organiza un Comité «Pro Justo Trato a Cuba» en la ciudad y comienza una historia dual que concluirá en agosto con la legalización de sus «simpatías» por Cuba, cuando, mientras repartía volantes en una céntrica avenida de la ciudad, se confronta con tres contrarrevolucionarios, entre los que se encontraba Carlos Bringuier Expósito, otro elemento de la CIA, siendo todos detenidos por la Policía local. El 23 de ese mes, se enfrentó verbalmente a Bringuier durante un programa previamente acordado en una emisora de radio local, donde se declaró «marxista» y «procastrista», lo cual quedará extrañamente grabado para ser publicitado después del magnicidio y de su asesinato.

En setiembre solicitó visa de turismo para México y viajó a Dallas en compañía de dos cubanos, donde visitaron la residencia de la exilada Silvia Odio para solicitar ayuda. Horas después, uno de los cubanos la telefoneó y le comenta que Oswald estaba «loco y decía que solo con la muerte de Kennedy se resolvía el problema cubano», incidente que después del crimen Silvia recordará y denunciará a las autoridades.

El día 27 de setiembre visitó la embajada cubana de México para solicitar visa de turismo, la cual es denegada y no le queda otra que regresar a Dallas.

Demasiadas incógnitas para un solo autor...

¿Por qué Oswald fue a Nueva Orleans? ¿Por qué su vinculación con los grupos terroristas de origen cubano y conocidos oficiales de la CIA? ¿Por qué funda un comité a favor de Cuba donde él era el único miembro y la dirección que brinda como sede es la misma que la de «Cuba Democrática»? ¿Por qué la pelea pública con los exilados? Por qué la entrevista a la radio? ¿Por qué la visita a Silvia Odio y su vinculación con un eventual crimen? ¿Por qué su intento de viajar a Cuba?

Lamentablemente, ninguna de las investigaciones realizadas en EEUU brinda una coherente respuesta a estas cruciales interrogantes. Pero como si lo anterior no resultara suficiente y para demostrar la existencia de una trama conspirativa, en la cual uno de sus participantes declaró «que solo la muerte de Kennedy era la solución del caso cubano», el servicio secreto de EEUU había sido informado en ese mes, según aparece en el informe del Comité del Congreso ya citado, de la existencia de dos complots contra JFK durante su gira política por el país, uno en Chicago y otro en Tampa.

El primero involucraba a los emigrados Juan Antonio Blanco, Homero Echevarría, Paulino Sierra y Carlos Prio, todos con estrechos y probados vínculos con la CIA y la mafia, que ofrecía 50 millones de dólares «para liberar a Cuba» y retornar a la isla con sus garitos de juego; y el segundo, al exilado cubano Gilberto Policarpo López.

Poco después del magnicidio, comenzaron a descubrirse en EEUU unas cartas procedentes de Cuba, dirigidas a Robert Kennedy, a varios medios de prensa y al propio Oswald, donde se trató de poner en evidencia los estrechos vínculos de este con los servicios de inteligencia cubanos. Las mismas eran remitidas por diferentes personas y las propias autoridades norteamericanas concluyeron que fueron escritas por la misma máquina de escribir. Resultaba clara la intención de «fabricar pruebas» para las acusaciones contra Cuba y su líder como presuntos autores intelectuales, paso previo a la avalancha noticiosa que en horas se desató.

¿Cuál ha sido la respuesta a estos datos e interrogantes?

Inmediatamente y hasta nuestros días, los medios de comunicación y mercenarios pagados en la gran prensa han continuado machacando en esta dirección. Calumnias de todo tipo y naturaleza, en las que se acusaba a Cuba y a Fidel de ser los instigadores del magnicidio. Por supuesto, estaban incluidos también los antecedentes «fabricados» de LHO como marxista y procastrista, su estancia en la URSS, sus relaciones con la colonia de rusos de Dallas y hasta aquella entrevista a la radio de Nueva Orleans, para concluir finalmente que EEUU debía dar una respuesta clara y contundente a Cuba por el asesinato de su presidente.

En 2006 dos veteranos colaboradores de la CIA, Wilfred Huismman y Gus Russo, elaboraron un documental, denominado «Cita con la Muerte» y que costó un millón de dólares, para «probar» aquellas imputaciones calumniosas, que como elemento «novedoso» trataban de inculparme como el «manipulador» de Oswald en Dallas aquel fatídico día, justo cuando mis continuas denuncias, libros y conferencias sobre el magnicidio se aproximaban peligrosamente a la verdad que tanto pretenden ocultar.

Aquella calumnia hoy se repite una y otra vez por los medios masivos en EEUU, donde inexplicablemente renace la teoría del asesino solitario, conjuntamente con las acusaciones a Cuba, al mejor estilo de aquel ministro de propaganda de Hitler que decía que una mentira repetida un millón de veces deviene en verdad absoluta. Y todo ello cuando sería muy fácil para el Gobierno norteamericano resolver el enigma desclasificando la verdad, escondida en el fondo de sus archivos nacionales. ¿Cuántos años habrá que esperar para que ocurra?

¿Cuál era entonces la función de Oswald? Porque es indudable que formaba parte de la trama...

Por todo lo expuesto y basándonos en los resultados de las investigaciones realizadas en 1964 y 1978 por las comisiones y comités en EEUU, pensamos que solo hay una respuesta lógica posible. LHO, un veterano agente CIA, estaba involucrado y era parte de un complot de dimensiones nacionales contra el presidente JFK, y todo lo que públicamente realizó a partir del mes de abril de 1963, consciente o inconscientemente, fue para legalizar la «implicación cubana» en el magnicidio.

Su papel era una parte consistente del complot criminal, que tenía otros componentes, y precisamente por ello devino en «chivo expiatorio» de las autoridades norteamericanas.

Lamentablemente, el tiempo no brinda ocasión de enumerar otros muchos elementos de juicio. Sin embargo, con lo expuesto estamos en condiciones de afirmar que JFK fue víctima de un complot y que el mismo comenzó a finales de abril, fecha de la llegada de LHO a Nueva Orleans, donde radicaba uno de los dispositivos más importantes de la CIA y el terrorismo anticubano; que uno de sus objetivos era responsabilizar a Cuba y a Fidel; y que «el mecanismo cubano de la CIA y la mafia», que para entonces tenían «los motivos, los medios y la oportunidad», fueron los ejecutores finales.

Ya antes, como se evidencia en las informaciones del servicio secreto, habían intentado asesinarlo en Tampa y Chicago y contaban con un poderoso dispositivo bélico y subversivo: la JM Wave de la CIA, en Miami, con 4.000 hombres, entre ellos varios comandos de misiones especiales, expertos tiradores, terroristas entrenados, aviones, barcos, financiación y el apoyo logístico necesario, para su guerra contra Cuba. Y, más importante aún, un lucrativo negocio que les reportaba los 100 millones de dólares anuales que proporcionaba el Gobierno y las ganancias que resultaban del tráfico de drogas, que ya para entonces fluía de Centroamérica.

¿A nadie se le ha ocurrido pensar cómo una comunidad que no alcanza el 1% de la población en EEUU tiene tanta influencia? Solo un «favor» extraordinario ha posibilitado que esta comunidad alcance los niveles de influencia de los que actualmente goza. El asesinato de Kennedy. En EEUU, el 22 de noviembre de 1963, la ultraderecha norteamericana dio un golpe de Estado, que perdura hasta nuestros días.

Paradójicamente, se podría calificar lo antes expuesto con una frase muy utilizada en EEUU. El «mecanismo» por ellos creado y alimentado, al final, resultó ser el smoking gun para deshacerse del líder del Gobierno que los había pro-ahijado.

Al principio, los análisis de quiénes podrían haberse beneficiado con la desaparicion de Kennedy no pasaban de ser especulaciones más o menos razonables. ¿Cuándo supieron algo concreto del magnicidio?

Los servicios de inteligencia cubanos tuvieron posteriormente al magnicidio varias informaciones relativas al mismo y que oportunamente fueron entregadas a las autoridades norteamericanas. En 1978 conocimos, por medio del terrorista Antonio Cuesta Valle, la participación como eventuales tiradores de los agentes CIA Herminio Díaz y Eladio del Valle, además de la presencia, en Dallas, en la fecha del crimen, de un grupo de veteranos agentes de la CIA de origen cubano, entre ellos Orlando Bosh, Luis Posada, los hermanos Guillermo e Ignacio Novo Sampol, Frank Sturgis, David Morales, Manuel Salvat, Antonio Veciana y otros que dejaron decenas de huellas conspirativas, pues estaban, según los informes oficiales, adquiriendo y en posesión de armas letales apropiadas para el crimen.

¿Por qué nada de esto se investigó? Muchas evidencias subyacen en los reportes de entonces, entre ellas el testimonio del segundo sheriff de Dallas, quien vio entrar en una oficina de Alfa 66 de esa ciudad a un sujeto que identificó posteriormente como Lee Harvey Oswald.

Según este análisis, la venganza y la intención de provocar una intervención armada más contundente que la fallida invasión de Cochinos estarían detrás del asesinato. Pero, ¿cuál era la postura de Kennedy en relación a Cuba?

La «nueva estrategia» de Kennedy contra Cuba en 1963 postulaba la asfixia económica, el terrorismo, subversión, asesinato de Fidel Castro, golpe de Estado, eventuales conversaciones diplomáticas con una agenda condicionada por sus intereses y, a falta de resultados favorables, como siempre, la fuerza, una invasión militar. Era la Operación Am/World.

Paralelamente y con independencia al complot magnicida, en abril de 1963 la Administración Kennedy, teniendo en cuentas las derrotas sufridas en su guerra anticubana, elaboró una nueva estrategia denominada «la doble vía»; es decir, el garrote y la zanahoria. La idea política que presidió este proyecto la resumió el propio Kennedy en su intervención del 18 de noviembre en la Universidad de Florida, donde manifestó que EEUU no permitiría la existencia de otra Cuba en el Continente y que solo un gobierno en la isla que rompiera sus relaciones con la URSS y el movimiento revolucionario latinoamericano estaría en condiciones para que su Gobierno aceptara negociar una eventual «normalización».

Según algunos estudiosos norteamericanos sobre el magnicidio, ese mensaje iba también dirigido al grupo de conspiradores que dentro de Cuba se aprestaban a asesinar a Fidel y dar un golpe interno.

Documentos desclasificados norteamericanos e investigaciones cubanas desvelaron que el proyecto subversivo anticubano para 1963 había adquirido prioridad de estado dentro de la Administración, razón por la cual el presidente designó a su hermano Robert al frente del mismo. Dicho programa, que contaba hasta con «normas de ejecución» hoy desclasificadas, contemplaba varios ejes de ataques, que al final incluían la intervención militar.

Consistían en apretar las tuercas del bloqueo criminal que desde el año anterior JFK había dispuesto; se trataba también de organizar un ejército de exiliados compuesto por casi un millar de hombres bajo el mando de Manuel Artime, que se entrenaba en Nicaragua para en su momento paralizar el transporte marítimo hacia y desde Cuba y actuar en una acción militar directa si se daba la ocasión; además estaban los comandos mambises, un grupo de operaciones especiales que, desde sus campamentos en Nueva Orleans, atacarían objetivos estratégicos cubanos, iniciando sus acciones terroristas en agosto con el ataque y destrucción del puerto de Santa Lucía en Pinar del Río, continuando seguidamente con otras...

No olvidemos que en Montecristi, Dominicana, Eloy Gutiérrez Menoyo alistaba otro contingente de hombres que debía infiltrase por Baracoa para desarrollar la guerra de guerrillas; estaba el «frente» político a cargo de Manuel Ray, el JURE, que era la eventual carta de negociación si al final Cuba rendía sus banderas y aceptaba las condiciones yanquis. Este sujeto, de extracción socialdemócrata, había sido ministro del Gobierno cubano en 1959.

El golpe final lo darían los operativos CIA Am/lash y Am/Truk liderados por los excomandantes del Ejército Rolando Cubela y Ramón Guin, encargados de asesinar a Fidel y alzar a varias guarniciones militares y policiales en Cuba, o al menos eso era lo que informaban a sus amos. La idea era dar un golpe interno y apoderarse del poder. Finalmente, un plan de «contingencia» militar, firmado por el secretario de Marina Cirus Vance, preveía la utilización de las fuerzas armadas norteamericanas para diciembre de ese año, en caso de ser necesitadas.

Una pregunta queda latente. ¿Qué habría sucedido en caso de que ese plan se ejecutara? Estaba bien claro para los estrategas políticos en Washington que Cuba no se rendiría, y entonces el plan militar era de contingencia o realmente se preparaban para su ejecución, planeada y calculada fríamente. ¿Acaso se cernía sobre los horizontes de América una nueva «crisis del Caribe»?

Como muchas veces se ha dicho, para explicar el rasgo que caracteriza la política norteamericana -la negación plausible- la mano derecha no sabe lo que hace la izquierda. Un complot magnicida contra JFK, al mismo tiempo que este planeaba otro para derrocar al Gobierno cubano y asesinar a su líder, Fidel Castro.

Así suceden las ironías del destino.

«El Oswald que vino a verme no pudo ser el autor del atentado»

NIKOLAI LEONOV
Último director del KGB
 
Nikolai Leonov recibió a Lee Harvey Oswald en la embajada soviética en México dos meses antes del magnicidio. Su testimonio refuerza la tesis de que todo fue un burdo montaje para desviar la atención sobre los verdaderos autores del atentado.

No han trascendido muchos testimonios acerca de la personalidad de Lee Harvey Oswald. El concepto se comió el personaje. Uno de los más curiosos es resultado del encuentro que mantuvo en la embajada soviética en México con Nikolai Leonov, uno de aquellos con diplomáticos soviéticos o cubanos que se han narrado insinuando o inventando directamente su contenido. La reunión fue detallada en el documental «El otro lado del espejo» por quien finalmente acabó siendo el último director del KGB. Entonces no podía imaginar que llegaría tan lejos. De hecho, no podía imaginar lo que iba a ocurrir dentro de unos meses.

«En setiembre de 1963, el compañero de guardia me pide que vaya a ver a un extranjero que llegó a la embajada y pide hablar con alguien que sepa inglés. Me encuentro con un norteamericano que dice que le llaman Lee Harvey Oswald. «Asegura que quiere obtener el permiso para regresar a la Unión Soviética, donde trabajaba en la fábrica de automóviles en Minsk. Le pregunté qué razones tenía para volver y me respondió que estaba siendo vigilado por gente muy peligrosa y que termía que le fueran a matar».

Leonov cuenta que Oswald, visiblemente nervioso, llegó a intentar cargar una pistola y que para tranquilizarle le aseguró que estaba a salvo en la embajada. «Cuando le dije que la resolución de su solicitud tardaría unos meses, estalló en improperios y se despidió diciendo `voy a la embajada cubana -está a dos cuadras de la nuestra-. Allí me van a resolver el asunto rápidamente'».

«Es imposible que aquel hombre tembloroso fuera el autor de aquellos certeros disparos que mataron a Kennedy», concluye Leonov.

A. A.

Paisaje de guerra... con cubano al fondo

El aniversario del asesinato de JFK ha supuesto en EEUU un aluvión de artículos, reportajes y libros. En todos hay un elemento común: siempre hay un cubano al fondo.

La polémica acerca de la autoría intelectual cubana siempre ha estado presente. Más recientemente, el analista de la CIA Brian Latell, en su libro «Los secretos de Castro», insistía en que la inteligencia cubana conocía que iban a asesinar a Kennedy. En todas estas versiones aparece la figura de Fabián Escalante, al que sitúan en Dallas el día del atentado en calidad de segundo tirador y monitor de Lee Harwey Oswald.

Florentino Aspillaga, un desertor, declaró que horas antes del magnicidio le ordenaron que orientara las antenas de seguimiento de las comunicaciones de la CIA hacia Dallas.

Por contra, los libros de Lamar Waldrow y Anthony Summers dan por buena la versión de que fueron cubanos de la CIA quienes asesinaron a Kennedy. Especialmente significativo es el posicionamiento de Summers, el escritor que más vende en temas de no ficción y finalista, entre otros premios, al Poulitzer de 2012: él confirma con rotundidad la participación de Herminio Díaz en la ejecución.

A. A.