«El cine ha sido más esclavo del mercado que el jazz»
Pocos son los autores que han alcanzado notoriedad, fama y repercusión en un terreno tan propenso a los malentendidos como la Historia del Cine. Carlos Aguilar (Madrid, 1958) es una rara avis. Su influencia es clara desde aquél clásico «Guía del Video-Cine», volumen que tras sucesivas reediciones se convirtió en «Guía del Cine», a secas. Ahora, partiendo de un esquema similar presenta «Cine y jazz», una obra de referencia donde pone en relación sus dos grandes pasiones.

Todavía recientes sus dos últimas monografías para Cátedra, «Jesús Franco» y «Mario Bava», y próximo a presentar su debut como autor de westerns («Un hombre, cinco balas»), quedamos con Carlos Aguilar en el Café Central (templo del jazz madrileño) para hablar de su última obra editada, una auténtica jam session de cinefilia.
¿Cómo surge la idea de acometer esta obra?
El cine y el jazz son mis dos grandes pasiones y se trata de dos expresiones culturales con bastantes puntos de conexión, de hecho yo me aficioné al jazz apreciando las bandas sonoras de determinadas películas. Estando en Nueva York, hace años, descubrí un libro llamado «Jazz in the movies» que era una especie de diccionario sobre películas que hablaban sobre el jazz, entonces me puse a investigar y comprobé que, salvo este libro y algún otro editado en francés, apenas había nada publicado. De ahí que sintiese la necesidad de acometer una obra que, de manera poliédrica, reflejase esos vínculos entre cine y jazz, centrándome no solo en el cine norteamericano o europeo sino manejándome también en otros escenarios poco transitados como el cine japonés o la presencia del jazz en películas argentinas, mexicanas y, por supuesto, españolas.
¿Siente que su libro viene a llenar un vacío bibliográfico en castellano?
En el Estado español, desde luego, no existía una obra de referencia como esta, pero en otros países tampoco es que haya algo parecido a lo que proponemos con «Cine y Jazz». Tengo que dejar constancia de que si este volumen ha visto finalmente la luz, se ha debido al entusiasmo con que la editorial Cátedra acogió la propuesta que les hice llegar cuando tenía estructurado el libro en un 60%. Ellos han realizado un trabajo de edición bellísimo y han conseguido sacar al mercado un producto atractivo con mucho material gráfico y muy variado, que pone en valor el eclecticismo y la diversidad de los textos.
En efecto, el libro mantiene una estructura enciclopédica, con miles de entradas, muy diversas en contenido y forma, que lo convierten en una obra de consulta obligada
¿Por qué eligió este formato que, por otra parte, está en consonancia con el de alguna de sus obras más celebradas como «Guía del Cine» o «El cine español en sus intérpretes»?
Pues porque, como tú mismo has dicho, mi empeño pasaba por elaborar una obra de consulta. Además ésta me parecía la estructura ideal para hablar de los vínculos entre cine y jazz: es ágil, dinámica e ilumina el fenómeno desde perspectivas complementarias, cruzando datos y poniendo en relación títulos de películas, nombres propios, etc.
Antes ha valorado la profusión de materiales gráficos que se incluyen en la edición de esta obra ¿usted es de los que valora el libro como producto?
Absolutamente. Yo soy totalmente contrario al e-book, es un formato que odio ya que creo que si realmente te gusta leer, hay que sentir y oler el papel. Por otra parte tampoco creo que sea algo que tenga mucho futuro, pues todos estos inventos nacen con una fecha de caducidad preestablecida. Frente a él, el libro tradicional siempre mantendrá su vigencia, aunque sea a escala minoritaria y selecta. Por eso es muy importante cuidar las ediciones, presentar ante el lector un producto atractivo no sólo en contenido, también en forma, un objeto valioso casi en un sentido fetichista.
Volviendo al cine y al jazz, tal y como apunta en el libro, se trata de dos fenómenos que surgen casi coetáneamente ¿diría que su evolución también ha ido en paralelo?
La relación entre cine y jazz ha estado plagada de concordancias y discordancias. Es cierto que ambos surgen a la vez y que adquieren respetabilidad cultural casi al mismo tiempo, esto es a finales de la década de los 50. Hasta ese momento tanto el cine como el jazz eran percibidos como entretenimientos vacuos, carentes de una verdadera dimensión artística. También es cierto que se trata de dos lenguajes colectivos, pero el cine exige un rigor en su ejecución de la que el jazz puede prescindir y eso es algo que ha condicionado su evolución.
¿En qué medida la ha condicionado?
Pues en que el cine ha sido más esclavo del mercado, sencillamente porque requiere de una mayor inversión económica para poder ser realizado y como tal su explotación, la búsqueda de beneficios, de rentabilidad ha terminado por conferirle una dimensión no ya popular, sino directamente populista. El jazz al conservar esa pátina de música para entendidos, para iniciados, para una minoría selecta, si se quiere, ha quedado parcialmente a salvo de esa perversión.
No obstante la proliferación de festivales de jazz y eventos varios ligados a este tipo de música, pueden hacernos pensar que el jazz tampoco está exento de ser sometido a los rigores del mercado.
No, no lo está, es cierto. Lo que ocurre es que esa dimensión populista en el jazz es algo muy reciente y no sé hasta qué punto es real. De hecho no pocos festivales de jazz presentan un cartel basado en intérpretes que no son de jazz, supongo que buscando un poder de convocatoria que el jazz por sí mismo no tiene. Yo sigo siendo muy partidario del concepto «jazz entre amigos», es decir de disfrutar el jazz en ambientes íntimos, reducidos, en clubes o cafés. Es en estos espacios donde este tipo de música tiene asegurada su supervivencia, al quedar al margen de intereses puramente mercantiles.
Este es el segundo libro que publica este año tras el monográfico sobre Mario Bava (también editado por Cátedra) y una novela del oeste que presentará el mes que viene ¿cómo se puede tocar, con éxito, palos tan diversos en una época donde lo que parece primar es la especialización?
Para mí escribir un ensayo o una obra de consulta como «Cine y jazz» no difiere mucho de afrontar una ficción como «Un hombre, cinco balas» la novela del Oeste que saldrá al mercado en apenas unos días. Pueden parecer registros dispares pero en todos ellos prevalece el deseo de satisfacer unos intereses que tienen que ver con mis propios gustos, con mis propias aficiones. Parto de la base de que lo peor que uno puede hacer, más allá del género o registro que cultive como escritor, es aburrir al lector. En este sentido lo importante es tener algo que comunicar y saber comunicarlo. Por lo demás habrá quien conecte con mi estilo y mis gustos y quien los considere pueriles, eso es algo que tengo asumido y contra lo que no puedo luchar.
A eso iba: sobre su obra pesan no pocos prejuicios en el sentido de que hay quien le ve como un historiador propenso a la «boutade», especializado, en todo caso, en la rehabilitación indiscriminada del cine de serie B y poco más, pero una mirada más atenta, más profunda sobre sus escritos, desmiente estos clichés...
Soy una persona de gustos diversos y mente muy abierta y mis libros y estudios abarcan todo tipo de películas, de estilos y de tendencias. Lo que pasa que siempre he sido un espíritu libre, alguien que vive única y exclusivamente de lo que escribe, lo cual es muy raro en un ámbito donde la mayoría de quienes redactan libros de cine lo hace como complemento a sus clases en la universidad o a su labor como periodistas. Soy consciente de ser un privilegiado, sobre todo, tras comprobar que hay gente tanto o más válida que yo que no ha tenido la suerte ni el reconocimiento del que yo he venido gozando. Siempre he sabido estar en el momento oportuno en el lugar adecuado y eso ha jugado a mi favor. Me acuerdo, por ejemplo, cuando hice el libro de Sergio Leone para «Cátedra», hoy en día Leone es un intocable, pero en aquél momento dedicarle una monografía parecía una broma de mal gusto...
Hoy, sin embargo, embarcarse en la rehabilitación de cualquier realizador no ya de serie «B», sino «Z», luce muy cool...
Absolutamente y es una actitud que se fundamenta en la ignorancia. Hoy en día muchos de los que hablan maravillas de cineastas como Lucio Fulci o Enzo G. Castellari (poniéndolos al mismo nivel que Riccardo Freda o Mario Bava) son gente que no sale de ahí, es decir de la cultura del «subproducto», y que cuando lo intentan y les da por ver alguna película de Kaurismäki o de Oliveira son incapaces de asimilarlas. Hay que ver de todo, tener interés por todo y capacidad para entrar en diálogo con cualquier propuesta, otra cosa es que luego cada quien tenga sus preferencias como espectador, pero no puedes homologar todo al mismo nivel.
«En un lugar del oeste»
El próximo 6 de diciembre, Carlos Aguilar presentará en Almería (capital del eurowestern) su quinta incursión en la ficción literaria, «Un hombre, cinco balas», su primera novela del Oeste, un género que le entusiasma: «Siempre quise escribir un western, pero con un planteamiento canónico, es decir, que fuera una historia de verdad, dramática, alejada de cualquier tentativa de distanciamiento irónico, de desmitificación, de lo que hoy se conoce como perspectiva posmoderna». Un empeño que ha visto la luz tras rescatar una historia en principio prevista para el cine: «Yo fui muy amigo del actor John Phillip Law, de quien incluso escribí un libro que él no pudo ver editado ya que murió antes de que lo publicásemos. Con él siempre habíamos especulado sobre la posibilidad de retomar su personaje de `De hombre a hombre' (1967) para rodar un mediometraje. Aquél proyecto no fructificó y mi mujer me sugirió retomar aquél punto de partida para escribir una novela».
Esta historia de venganza presenta la particularidad de ser una novela ilustrada, como los bolsilibros de antaño, pero no con dibujos sino con fotografías de aquellos actores que han inspirado a Carlos Aguilar la construcción de los distintos personajes que pueblan el relato y que, a modo de homenaje, han recibido el nombre de estos intérpretes. J. I.

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