2014/04/24

Víctor Abarzuza Fontellas
Iruindarra
Impuestos de guerra: juego de niños

Si le preguntan ahora mismo a un niño de Cintruenigo qué es un lanzapelotas, no lo definiría como un arma no letal Me gustaría que mi dinero fuera a paliar los problemas psíquicos y físicos que las guerras crean y han creado en los niños soldado. Pero...

Hacer la declaración de la renta a sabiendas de que tu dinero se emplea para determinadas actividades que te repelen es tal vez una forma de sometimiento tan aguda y frustrante que uno se pasa la vida maldiciendo y despotricando sin darse cuenta que la naturaleza de la violencia anida precisamente en una agresividad mal encaminada. Durante siglos, con el nacimiento del poder militar y estatal, se nos ha educado precisamente para una agresividad, especialmente al hombre, que degenere en violencia contra los demás o contra uno mismo. El principio absoluto de legitimidad de estado acaparó una forma legalizada de violencia al servicio de la nación y de la seguridad nacional en nombre de la razón. Es lo que conocemos como policía y ejército en el contexto burgués de defensa y seguridad.

Burgués, tan absolutamente burgués como lo es la idea de la clase media común. Un pequeño ejemplo. Hasta ahora yo, como todos, creía que mis ahorros estaban seguros en el banco. ¡Qué más seguridad que un banco! Ahí nadie me los puede robar: tanto mármol, tanta puerta blindada, ¡tanta cámara de seguridad! Qué seguros están mis ahorros, pensaba yo. La cuestión es que los que nos roban son los que están dentro más que los cuatro desgraciados que están fuera supuestamente esperando con el pasamontañas. Y, sin embargo, hay gente que no se lo acaba de creer porque precisamente nuestra forma de pensar sobre seguridad es tan burguesa que no vemos porque no queremos ver; a pesar de nuestras caras de borregos degollados cuando pedimos un préstamo. Porque nos han educado para ello, cuando en realidad el dinero está más seguro debajo del colchón, sobre todo cuando el vecino de al lado duerme como tu o por un estilo y se establece en común el mayor blindaje de seguridad: la solidaridad.

Nos han educado para pagar y decir amén. En los años de la insumisión, la objeción fiscal era uno de los arietes de la lucha contra el militarismo. Hoy en día, las fuerzas se concentran, tal vez, en paces más concretas, como las del conflicto militar y político autóctono. O en el terreno de la educación, donde las unidades didácticas, en un tiempo utópicas y marginales sobre convivencia, paz y resolución de conflictos fueron ganando terreno siquiera como actividades extra escolares. Unidades que, cierto, tienen carencias como la inexistencia de una historia de la objeción fiscal desde H. D. Thoreau a Enric Durán o la historia de la insumisión a los ejércitos.

Toda la vida nos enseñaron a vehicular nuestra natural agresividad por medio de la actividad supuestamente democrática de la seguridad y la defensa nacional, pero no a través de la actividad de la organización pacífica, conciliadora de los conflictos y sustentadora de la convivencia. Visto lo visto, no parece muy lógico pensar que este tipo de educación deba ser programada por un Ministerio del Interior. Cabe pensar que es más lógico que expertos de otro calado elaboren temarios o prácticas con un sesgo diferente al actual estado de cosas. En este sentido, jugar a ser Martín Luther King o un Nelson Mandela parece más pedagógico que jugar con un arma de guerra, como un lanzapelotas (apuesto todos los gallifantes que quieras a que si le preguntan ahora mismo a un niño de Cintruenigo qué es un lanzapelotas, no lo definiría como un arma no letal). Todos sabemos por qué son reclutados los llamados «niños soldado» en las guerras. Efectivamente: son más dóciles, obedientes y por lo tanto, sin ser plenamente conscientes del peligro o habiéndose endurecido con la crueldad, son atrevidos; hasta que el juego de la guerra los convierte en combatientes juguete de los adultos. De la industria militar. Así pues, un «uso» pacifista de los niños y niñas parece más pedagógico que un «uso» militar. Aunque, qué duda cabe, los niños y niñas se topan cotidianamente, y se toparán en el futuro, con una violencia de estado que han de saber manejar y gestionar adecuadamente. Han de ser educados en la desobediencia civil.

Este año me gustaría se me reconociera mi objeción fiscal. Me gustaría que mi dinero fuera a paliar los problemas psíquicos y físicos que las guerras crean y han creado en los niños soldado. Me gustaría que mi dinero se destinara para aprender a dialogar, a hacer las paces, a reconciliar, para mediar y para aprender también a rebelarse contra el militarismo. Pero ocurre que no sé muy bien dónde cree el Gobierno actual que debo presentar mi declaración de la renta: ¿en Hacienda Foral o directamente en el Ministerio del Interior?