Muere el padre de «Alien» y las pesadillas biomecánicas
Cuando Giger rememoró sus frenéticos días de cine para GARA, solo guardaba palabras de elogio para Ridley Scott: «Trabajar con el en ‘Alien’ fue un placer; era muy receptivo y a la vez muy exigente, un auténtico profesional que inculcaba su entusiasmo al resto del equipo».

Creador de un imaginario muy identificable que el definió como «biomecánico», aglutinó en este su particular universo fuentes tan dispares como las crónicas macabras de Vlad Tepes «El empalador», el mito de la Bella y la Bestia, una fascinación por las armas, la música de jazz, los cráneos y huesos, el arte egipcio y una desmedida obsesión por el sexo. De todo ello nació un modelo creativo atípico. La gran eclosión creativa de Hans Rudolph Giger vino motivada por su aportación al cine y, sobre todo, por su participación en «Alien, el octavo pasajero», de Ridley Scott. Después de esta experiencia, el artista suizo se convirtió en un personaje público, acosado por los medios de comunicación que deseaban indagar en los aspectos más recónditos de su vida privada. «Alien» le reportó un Óscar, fama y reconocimiento, pero marcó para siempre su posterior discurso hasta llevarle al estancamiento creativo. Trabajó en los ochenta y noventa como diseñador de criaturas, monstruos y atmósferas, y como asesor de creación y artista conceptual en multitud de producciones. Pero, pese a sus trabajos en el medio cinematográfico, su relación con el cine ha sido la historia de un constante desencuentro: proyectos fracasados («Dune», «The tourist», «Dead Star»); ideas mal utilizadas («Poltergeist 2», «Species») y problemas a la hora de figurar en los créditos («Alien 3»). Cuando Giger rememoró estos frenéticos días de cine para GARA, únicamente guardaba palabras de elogio para Ridley Scott: «Trabajar con él en `Alien' -señaló- fue un placer; era muy receptivo y a la vez muy exigente, un autentico profesional que inculcaba su entusiasmo al resto del equipo. Dominaba todas las facetas y aspectos que rodean a una película y eso se nota mucho en el resultado final». Cuando se le preguntó por la experiencia atípica que supuso «Alien, el octavo pasajero», el artista esbozó una tímida sonrisa y respondió: «Lo cierto es que nunca más se volvió a repetir una experiencia como aquella. Yo llegue a esa película por mediación de Alejandro Jodorowsky y Moebius el cual quedó impactado con las ilustraciones que hice para mi libro `Necronom V'».
A excepción de la película de Scott, unicamente guardaba buenos recuerdos de aquellos filmes que curiosamente nunca vieron la luz y las animadas charlas que mantuvo con el chileno Alejandro Jodorowsky cuando este quiso trasladar a la gran pantalla la monumental «Dune», del escritor Frank Herbert. «Jodorowsky reunió un plantel creativo sin precedentes. Estábamos Chris Foss, Dan O´Bannon, Salvador Dalí, Orson Welles, Pink Floyd, Moebius y yo. Lo ambicioso que resultaba el proyecto provocó el rechazó de los inversores y cayó en el olvido. Más tarde, Ridley Scott quiso reflotarlo, pero resultó inútil. Finalmente se hizo la versión de David Lynch producida por Dino de Laurentis, pero esta nada tenia que ver con lo que teníamos en mente».
En su obra, la carne se funde con el metal, lo orgánico se licúa entre plásticos y desechos industriales, y anatomías humanas y animales se convierten en algo diferente cuando son devoradas por cables, tubos, sensores y conectores. «Es mi forma de ver lo que nos rodea -señaló Giger a GARA-. Ya en mis primeras obras y bocetos realizados con lápiz y tinta china, advertía de los miedos apocalípticos que generaba la escalada atómica. Pero, más allá de la fuerza visual de las formas, lo que busco en realidad es inquietar al espectador con el trasfondo; con lo que apenas se ve pero que, en realidad resulta más terrible. Pretendo indagar en los paisajes sicológicos de la mente humana y, por ese motivo, mi forma de plasmarlo en una escultura o en un cuadro, se adecúa a esas formas tan particulares donde nunca se sabe dónde empieza la máquina y termina el ser humano».

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