Iñaki URDANIBIA DONOSTIA

Setenta años de la muerte de Milena Jesenskà, un ser libre

Quizá el nombre de esta mujer sea conocido por el intercambio epistolar que mantuvo con Franz Kafka. Su vida no se limitó a esto obviamente, sino que antes y después tuvo una intensa vida.

Fue el 17 de mayo de 1944 cuando dicha mujer murió en el campo de mujeres de Ravensbrück, a donde hubo de convivir con criminales y prostitutas, además de con detenidas políticas. En aquel lager hicieron su agosto empresas como Siemens, BMW, y allá conoció a la que se convertiría en amiga de por vida, Margaret Buber-Neumann, que facilitó con su «Mlena» que la vida de dicha mujer fuese conocida más allá de la fecha de su fallecimiento, cumpliendo la promesa que había contraído con ella.

Huérfana de madre a edad temprana, su padre se desentendió de ella concediéndole una amplísima libertad, que ella aprovechó para llegar a ser ella misma, ensayando sus límites con la morfina y contraviniendo los deseos de su padre, afamado cirujano y profesor universitario, de que siguiese la carrera de medicina, se dedicó al periodismo y a realizar traducciones y dar clases de checo. Tales actividades le llevaron a mantener estrechos contactos con Max Brod -albacea de las obras de Kafka-, Herman Broch, Franz Werfel, Karl Carek, y el ya nombrado, en los años veinte, con Franz Kafka de quien tradujo varias novelas al checo.

Fantasmas

En sus «Cartas a Milena» se puede leer: «Escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas», de los que aplacó la sed también en sus cartas a Dora o a Felice. Lo que comenzó como una solicitud por parte de la mujer con el fin de traducir alguna de sus obras finalizó siendo un romance que no duró, debido a que ambos estaban comprometidos con otras parejas, además de que la mujer no se decidía a poner fin a su matrimonio, ya que no veía clara la posibilidad de vivir con un ser inmerso en serios problemas síquicos.

Al final Milena Jesenskà se divorció de su marido, lo que le supuso la ruptura con su familia, dedicándose a partir de entonces a sus labores periodísticas, tratando de tender puentes entre los demócratas checos y alemanes de cara a combatir al fascismo en expansión, acercamiento que ya había defendido desde los tiempos de la república de 1918 en que comenzaron a encresparse las diferencias entre unos y otros -honda herencia del ninguneo en que habían vivido los checoslovacos bajo el dominio del imperio austro-húngaro- del mismo modo que alababa las obras de algunos escritores del país, y entregándose también a los quehaceres antes nombrados. «Kde domov muj - ¿Dónde está mi patria?- no desea la pérdida de nadie, desea sencillamente un himno de canto a nuestras colinas y a nuestras pequeñas montañas, a nuestros campos y a nuestras llanuras, a nuestros olmos y a nuestros pastos, a nuestros sombríos tilos, a nuestros setos que marcan los senderos y que bordean nuestros campos, a nuestros arroyos. Canta el país en el que nos hallamos en nuestra casa. Qué bello fue comprometerse por este país, qué hermoso amar la tierra natal...», dejó escrito.

La invasión del país por la bestia parda hizo que se uniese a un grupo resistente, ya anteriormente había pertenecido al partido comunista, filas que abandonó, en 1937, al no estar conforme con la atmósfera asfixiante que se iba imponiendo en su seno como reflejo de la deriva que se daba en la URSS; a resultas de su compromiso fue detenida, en 1939, por la Gestapo, siendo conducida al campo mentado en donde desempeñó trabajos de enfermería, además de entregarse con un espíritu solidario sobresaliente a levantar el ánimo del resto de detenidas. Ya había llegado con su salud dañada al «universo concentracionario» y allá a pesar del dolor y el frío «nunca llegó a ser una `presa', no podía mostrarse insensible y brutal, como tantas otras...», haciendo bueno aquello que dijese de ella Kafka, al confirmar con su ejemplo que estas no eran vanas palabras de un enanorado: «...es un fuego vivo como jamás he visto. Además extraordinariamente fina, valiente, inteligente, y todo esto arroja en su sacrificio o, si se quiere, es gracias al sacrificio que ella lo ha conseguido». Como Milena de Praga se presentaba esta mujer nacida en 1896.