Iratxe Fresneda
Periodista y profesora de Comunicación Audiovisual

Lars, llámame porfa

El fenómeno de las cooperativas y salas «alternativas» comienza a ser interesante y efectivo a su modo. Se trata de una forma distinta de exhibición, alejada de los cánones de la exhibición imperantes que, además, genera otro tipo de relaciones con el cine. Estas renovadas propuestas, que se llevan a cabo con valentía mediante fórmulas distintas (Zoco, ZunZeig, Numax, Pathe etc.) persiguen que el cine gane cinéfilos o, al menos, no los pierda y se reencuentre con el acto del visionado colectivo en pantalla grande. Mientras el cine trata de retener y ganar espectadores, se acerca una de las fechas más importantes vinculadas al audiovisual de Euskal Herria. Y a la vez que la información acerca de la 62 edición de Zinemaldia se hace pública, las discusiones se reabren en las redes sociales. Defensores y detractores de la deriva del festival reavivan un debate que es un clásico entre los cinéfilos. Y en este momento es cuando me acuerdo de un momento genial de «Annie Hall» (1977), de Woody Allen: «Hay un viejo chiste. Dos mujeres de edad en un hotel de alta montaña. Le comenta una a la otra: `¡Vaya, aquí la comida es realmente terrible!', y contesta la otra: `¡Y además las raciones son tan pequeñas!'. Pues básicamente así es como me parece la vida, llena de soledad, histeria, sufrimiento, tristeza y, sin embargo, se acaba demasiado deprisa». Algo así les sucede a muchos con Zinemaldia, en otros impera la indiferencia y, a otros, nos puede la cinefilia romántica. Pensando en Zinemaldia, tuve un sueño: nombraban a Lars von Trier presidente del jurado (ríanse, anda). La decisión era anunciada en la gala de entrega de premios de la 62 edición y el revuelo no se hacía esperar. Creí sentir el efecto llamada de los cineastas y productores que se peleaban por estar en la Sección Oficial del festival más polémico de la temporada y surgía la expectación entre los medios, el público y la industria. Como colofón, Roberto escribía en Twitter: «Lars, llámame, porfa». Un delirio.