Sadismo político contra la libertad
Si revisamos la hemeroteca de 2001, comprobaremos que las reacciones políticas al atentado de París contra la revista «Charlie Hebdo» no se diferencian en nada de las que se produjeron tras el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York. Solo hay que cambiar los nombres y las ideas permanecerán intactas. Seguridad, seguridad y seguridad. Miedo y más miedo. En el primer caso, esas ideas sirvieron para justificar la invasión de Irak y ocultar un plan geoestratégico por la hegemonía económica (de EEUU e Israel) que sigue adelante y ha dejado una siniestra huella de muerte en países como Siria, para cuyos muertos nunca habrá un «je suis Siria». Ahora, en la última escalada de la crisis sistémica en la que agoniza la Europa trabajadora, la necesidad de seguridad, y sobre todo el miedo, lo utilizan para justificar la supresión de la libertad como valor imprescindible, para cerrar fronteras, alimentar el racismo, enfrentar a los pobres, reprimir con leyes ambiguas libertades y derechos y criminalizar a cualquiera que luche por ellos. La excusa aglutinadora de este peligroso discurso es el llamado «terrorismo islámico», un enemigo confuso del que la población occidental solo conoce lo que los gobiernos de la UE ordenan y que, indudablemente, favorece a sus intereses económicos y políticos. Para ello emplean algo que va más allá del rechazo, más o menos populista, de la violencia y que el periodista y filósofo Josep Ramoneda, en su libro «La izquierda necesaria», denomina «sadismo político». «Un ejercicio de cinismo político, dispuesto a despertar bajas pasiones de la ciudadanía sin reparar en sus consecuencias». «Si la razón deja de ser crítica, pierde sentido de la realidad» y, lo peor, se rompe la grata sonrisa de la libertad.
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