2015/03/02

Antonio Alvarez-Solís
Periodista
Democracia contra pueblos

Como en los momentos decisivos del cuerpo a cuerpo en la guerra la lucha política se desarrolla hoy en un escenario de confusión total entre los combatientes. Cuesta mucho trabajo distinguir el uniforme ideológico de los partidos y la línea del frente. Todas las ideas se mezclan, todas las posturas necesitan una identificadora presencia personal que compense la fragilidad política de los proyectos o sustituya el imposible análisis de las ideas mediante el uso de la razón. La política es una sucesión de habilidades divagantes al margen de los problemas que debieran abordarse. Incluso todas las armas, hasta las más detestables, son válidas para asegurar o mantener el insistente dominio del stablishment sobre los que han sido desheredados de cualquier posibilidad noble, produciendo al fin una árida respuesta violenta. Todo este zafarrancho, que opera con un pobre nivel intelectual, conduce directamente a la falsedad y la corrupción en una sociedad que ha perdido el respeto de si misma. Lo descrito sienta la pervivencia del gonzalismo o del aznarismo en la política española.

Se vive en un ambiente de chantaje que abona cualquier discurso, por elemental que sea, para descalabrar al adversario y, consecuentemente, el Sistema se sostiene sobre una tupida red de falsedades, medias verdades e hipocresías, cuando no de noticias que debieran tributar a la discreción. La globalización, por ejemplo, cocina un chantaje universal en donde no solo se incapacita la verdad mediante la amenaza frecuente sino que produce en abundancia sangre, sudor y lágrimas, según esa malhadada frase que acuñó un personaje moralmente oscuro como era Churchill. Frente a ese pertinaz chantaje ¿qué queda sino la pasividad o la ira como respuesta «proporcionada», si usamos el lenguaje prevaricador de quienes todo lo pueden? Incluso se trata de santificar lo diabólico, llegado el caso, lo que ha llevado al Papa Francisco a una de sus magníficas acusaciones contra quienes quieren mantener la Iglesia en una encrucijada en la que se ha de elegir, por lo visto, entre desoir el peligro en que viven los desheredados «por miedo a perder los salvados», o «alcanzar y curar a los lejanos» que, además, están paradójicamente tan cerca.

En el marco actual hay que sacrificar muchos valores así como aceptar innúmeros menosprecios si se quiere tener un menguado puesto al sol. Un puesto de «salvados» que impidan con su doblez vivir de pie al resto de la sociedad. Esto explica que nubes de imbéciles -simplemente flacos o débiles, vamos a definir sin insulto- decidan constituirse en servidumbre entorchada con renuncia a su dignidad humana. El resultado de estas oposiciones a ser «nadie» con derecho a voto «democrático» es la conversión del grupo humano en una sociedad plana y gris que escolta con aplausos el paso de la caravana de los poderosos.

«Nosotros somos la comunidad internacional -como dice el Sr. Obama-, la creadora de la riqueza, la salvaguarda de las libertades, la que custodia el orden democrático», proclaman los tales. Y alegan para ello que tienen en propiedad la información correcta, la decisión adecuada, en suma, la democracia como certificado de eficacia y de virtud respecto a sus acciones. Y ahí es donde culmina la desolación moral, porque ¿qué queda de democracia en la ensoberbecida democracia actual? Pues, según las estadísticas, quedan miles de millones de hambrientos, de desempleados, de pueblos que viven en la desesperanza, de multitudes que existen de precario, de ciudadanos sometidos a leyes discriminatorias, de poblaciones enmudecidas por los innumerables aparatos que no pueden controlar, de culpables por mirar los escaparates y querer lo expuesto. Hablamos de todo ese mundo del que el Sr. Rajoy, instalado en su empíreo, no conoce la existencia. Pero si la democracia es el gobierno del pueblo por el pueblo ¿por qué las naciones, que viven con tanto dolor, eligen tales sufrimientos? Debieran rechazarlos. ¿Están cuerdos o están locos o muertos esos electores «democráticos» que se condenan a sí mismos? Algo no funciona en la actual democracia. O funciona algo terrible.

Dicen los dirigentes poderosos tirando de ironía aldeana: «La democracia es el peor de los sistemas si se excluyen todos los demás». Oferta de barquillero: con un euro puede usted sacar muchos barquillos si acierta al darle a la rueda. Usted es democráticamente el pueblo, es libre, pero puede quedarse sin barquillos. El que no se queda nunca sin el bombo es el barquillero. El bombo está al margen de la democracia. Unos tienen la propiedad del aparato y, los otros, el albur del juego. Y nada de destruir el bombo porque eso es terrorismo.

Vivimos la absoluta falsificación de la democracia. Y aun sabiendo eso debemos votar, con toda inocencia, en esas urnas que ellos manipulan y falsean y a las que el pueblo sirve de vientre de alquiler. Al pie de tal realidad hemos de reflexionar «democráticamente» sobre la cuestión griega. O sobre la cuestión catalana y la vasca. O sobre Africa y quienes la desangran. O sobre... El caso es apostar por el posible barquillo. No queda otro remedio. Hay que robar de nuevo el fuego a los dioses. Aventura ensangrentada, porque «ellos» incluso nos venderán las armas para que brote esa sangre fratricida. Es como el vampirismo de los poderosos.

El juego es infernal. En este momento histórico hay cien revoluciones en marcha. Pero desde el Olimpo han decidido que ese petróleo que poseen como arma de mejora social algunos demócratas revolucionarios valga poco ahora. Y concluyo que si quedan sin esa palanca poco pueden hacer esos revolucionarios por muy pueblo que sean. Ahí valen poco las urnas. Pensemos en Venezuela. Es el juego negro. Y si su moneda la derrumban en la Bolsa los grandes inversores toda democracia acaba en nada y Saturno se regodea, emite un ¡viva! a la libertad y hace hamburguesas con sus propios hijos. Es la democracia de los mercados. Y los mercados son suyos, como la democracia, porque es la democracia de los mercados. Frente a ella se alza, vox clamante, la palabra dolorida de los que luchan a tumba abierta al pie de su propio cadalso rodeado de imbéciles que acuden al espectáculo de la ejecución de los «canallas» que, como el hospiciano Oliverio Twist, quieren otro plato de sopa. Frente a esa democracia venenosa se alza también la voz segura, pero tan solitaria, del párroco Bergoglio, un cura venido del fin del mundo, que dice a sus palaciegos -¡aún están ahí!- que «no se queden mirando de forma pasiva el sufrimiento del mundo; que no se aíslen en una casta»; que no tengan miedo «al escándalo, ni a las personas obtusas que se escandalizan de cualquier apertura, de cualquier paso que no entre en sus esquemas mentales o espirituales, de cualquier ternura que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista». Son voces frente a la democracia sin pueblo, pero son tan pocas...

Se necesita pueblo en sazón y nos sobra esa democracia con que se rebozan los poderes a los que no espanta el hambre de una nación y se horrorizan, en cambio, si se quebrantan los «derechos» de los usureros. La ley, la maldita ley. Porque la democracia es hoy no más que un sonajero al que se ha rellenado con cuatro piedrecitas legales y es agitado por la mano que mece la cuna. La democracia significa el movimiento del móvil pueblo; es el pueblo decidiendo hacerse constantemente. La democracia es igualdad y fraternidad, que no son valores acabados sino decentes prácticas cotidianas. Eso debieran recordarlo, por ejemplo, el Sr. Hollande y el Sr. Valls, la pequeña rata sabia, a los que solo interesa Mariana con su joven pecho al aire cuando desfila por la alfombra roja de la contabilidad financiera.

Si el pueblo existe, existe la democracia, porque es vocablo propio, y si no existe el pueblo como soberano es tramposo hablar de democracia porque se ha convertido en vocablo impropio. ¡Dios, qué difícil es circular por la lengua cuando es bífida!

La tercera guerra mundial, que anda por su prólogo, debiéramos evitarla desde la calle construyendo verbales entendimientos comunes para emociones como paz y libertad o democracia y pueblo. Términos que hay que atar en la misma gavilla y que «ellos» se empeñan en desnaturalizar separándolos de su raíz emocional. La reestructuración del lenguaje es esencial para la liberación humana. Hay que aclarar a esos desmenuzadores del lenguaje que democracia y pueblo nacen de idéntica emoción, como también proceden de la misma emoción la paz y la libertad. No es posible hablar de democracia en el capitalismo, ni es lícito hablar de paz en el Sistema.