Joseba Zabalza | 7K

Los últimos hombres de paja

Buenos días, permitan que me presente. Mi nombre es… bueno no tengo nombre, me pueden llamar pelele, espantajo, espantapájaros, txorimalo, artakusu, Kuso, Kuka, Mamu o simplemente... ¡Qué bicho!… pero no muñeco, por favor, eso no lo soporto. Los muñecos son todos iguales y nosotros tenemos nuestra personalidad, no somos Barriguitas ni Barbies fabricadas en serie, ni maniquíes hechos en una cadena de montaje. Y digo tenemos porque me siento parte de una estirpe en extinción. Somos los últimos hombres de paja.

Acordes con el entorno fabril, estos de Etxabakoitz visten buzo y los cedés dan brillo en la indumentaria. (Joseba ZABALZA)
Acordes con el entorno fabril, estos de Etxabakoitz visten buzo y los cedés dan brillo en la indumentaria. (Joseba ZABALZA)

Aunque me gusta decir que somos hombres de paja, sé que todos no la tenemos en nuestro interior. Los hay que están llenos de trapos, plásticos, papeles y algunos solamente son una carcasa vestida, pero mientras tengan esa forma humanoide a imagen de Nuestro Creador, los considero como mis hermanos. La paja, eso sí, te hace más genuino, quizás porque antiguamente no existían otros materiales y además se podía conseguir con facilidad.

Si no estoy muy presentable es por culpa de la crisis. He oído hablar mucho de ello a los hortelanos y a los paseantes. Las personas se quedan sin trabajo, sin casa, sin familia y muchos van a parar a la calle. Cuando aquel vagabundo cambió su chaqueta roída de eskay por mi jersey verde de lana, tomé conciencia de ello. Me sentía, como aquel ladronzuelo, el ser más indefenso y desgraciado de toda la tierra. Al menos, no me dejó desnudo.


En Tiebas, el cuerpo aparece coronado por un casco de moto.

Tampoco soy perfecto, todo lo contrario. Mi Creador me dejó así, inacabado, con piernas y brazos, y hasta unos guantes me puso, pero no sé si por desidia, decidió que con un sombrero de paja era suficiente y así me ven. No tener cabeza tiene sus inconvenientes, eso es cierto, pero también sus ventajas. Te faltan los ojos para poder mirar, pero tampoco puedes perderla en cosas sin importancia. Y, además, les diré un secreto. No tener ojos no me impide ver. No soy ciego, con el tiempo aprendí a mirar por el agujero de la bragueta del pantalón.

Pero eso es todo lo que puedo hacer: no me muevo por las noches, no vuelvo a la vida las noches de Hallowen, ni tengo motosierra para cortar a la gente en pedazos como en esas películas atroces. ¡Qué más quisiera yo! No, cortar a la gente en pedazos no, digo que me gustaría moverme algo más que cuando el viento me sacude. Todas esas leyendas mágicas no existen. Aunque no camino, lo que sí que puedo hacer es ir más allá. ¿Qué cómo se puede ir más allá sin moverse del sitio? Con la imaginación. Quizás no lo crean, pero puedo cruzar este huerto, rodear los cerezos y manzanos, subir por la colina, llegar al pueblo, seguir por la carretera de las huertas y visitar a los últimos de mi especie. Muchos de los nuestros no tienen este don especial que desde muy pronto descubrí. Los hay que jamás han visto más allá del campo donde los plantaron. No sé cómo lo hago, yo que no soy nada extraordinario, pero el hecho es que viajo bastante y vagabundear es algo que me encanta, pasearme sin rumbo fijo. A veces encuentro a algún compadre con quien hablar. Quizás alguien se extrañe cuando digo que podemos hablar. Pues sí, y la nuestra es una voz especial, un susurro que se distingue a la perfección de las voces humanas. Las nuestras son muy atipladas, diría que dos octavas más altas que la de una persona normal. No nos supone ningún esfuerzo llegar a las notas más agudas de la Callas, menuda menudencia. Otras veces simplemente me gusta ver cómo crecen los tomates, cómo precintan el cardo, cómo recogen las manzanas y los higos. Sé que los hombres se alimentan de la tierra desde hace miles de años, que siembran y recogen sus frutos y que nos han creado desde tiempos inmemorables. He visto que algunos humanos prefieren utilizar los cadáveres de pájaros muertos para alejar a sus congéneres alados. Piensan que la advertencia de acabar colgado boca abajo es suficiente, como si las aves supiesen lo que es eso. Su efectividad, si la tiene, puede ser por la pestilencia de un cuerpo en descomposición. Los pájaros huelen la muerte, nosotros también podemos olerla. Según me han contado, en una famosa novela que se llama ‘Robinson Crusoe’, el protagonista utiliza esta macabra artimaña para espantar a los ladrones de fruta. La nuestra, que es una tradición oral, como no podía ser de otra forma, siempre ha asegurado que los primeros de nosotros fueron los que llamamos ‘Los Crucificados’. Son los más numerosos. Cuenta la leyenda que, en el principio de los tiempos, los humanos crucificaban a los suyos como ofrenda, pidiendo una buena cosecha a los dioses. A imagen de aquellas siluetas dolientes nos fueron creando a la mayoría de nosotros. Para mi suerte, tengo las manos en los bolsillos. No voy a decir que estos jesucristos de huerta tengan agujetas por ese motivo, pero es lastimoso verlos así, como esperando a que alguien les dé un abrazo. No encuentro ningún argumento para probar que trabajen mejor que los demás.


Este hincha del Athletic que nos encontramos en Otxandio parece indicar la salida a cualquier visitante no deseado.

Salvando algunas pequeñas excepciones, no soy ningún ortodoxo. Si los tiempos cambian es normal que nosotros también lo hagamos. Ahora tenemos una serie de complementos que nuestros antepasados no utilizaron: CDs, cintas de colores y de cassette, espejos, cabezas de muñecas, pelucas, caretas, gorros relucientes... Así podemos simular ser más humanos. Si los «robafrutas» creen que eres un humano, puedes realizar mejor tu trabajo. Sienten pánico por los hombres, que los cazan, se los comen y los meten en jaulas. No hay nada más temible que un hombre para cualquier animal. Pero que sean complementos no quiere decir que nos sustituyan. No soporto esos discos relucientes colgados de los árboles, ni las cintas solitarias, ni las bolsas de basura. ¿Quién les ha dicho a los hortelanos que son más eficaces que nosotros? Creo simplemente que es una cuestión de vagancia y de falta de necesidad. Antiguamente, cuando las huertas no eran de recreo, se nos necesitaba para proteger los frutos y semillas, las cosechas eran más copiosas con nuestra ayuda y la vida de las personas dependía de nuestra eficacia. Ahora, una lechuga está al alcance de cualquiera por 60 céntimos, aunque las cosas están cambiando. Con esto de la famosa crisis, los humanos han vuelto a la huerta y tienen más cuidado con gorriones, cuervos, urracas, tordos y estorninos.


Este de Lekunberri se camufla en la misma fachada del caserío para vigilar los manzanos.

Sea como sea, reivindico que nuestro trabajo es el más fructífero a la hora de disuadir a los pájaros de entrar en la huerta o de robar el grano de la cosecha. Pero quien dice pájaros también se refiere a otros animales. Los zorros, los jabalíes, tejones, ardillas también se quedan petrificados y muchos de ellos vuelven sobre sus pasos al vernos. Tengo algún conocido que si le llamasen «espantazorros» sería muchísimo más justo.

Les voy a pasar mi dirección por si quieren venir a visitarme. Es fácil: Si ustedes pasan por la carretera principal de Orkoien, cuando lleguen a la rotonda que lleva hacia Arazuri, tienen que localizar un campo de trigo a la derecha en el sentido de la marcha. En la parte más cercana a la torre de la iglesia, y en paralelo a la vieja carretera que va a Loza, estoy plantado yo. No tiene pérdida, pero dénse prisa, porque cuando mi palo central me da punzadas quiere decir que llegan aguaderos y no vaya a ser que, como a mi amigo ‘Cabezabalón’, la riada me lleve más allá de Miranda de Arga.


Un balón de fútbol sustituye a los clásicos sombreros de paja en Faltzes.