
Pionera de la Nouvelle Vague y del cine feminista, Varda combinó la experimentación formal con una mirada tierna y curiosa hacia temas poco tratados en el cine y en ocasiones considerados banales. «Nada es banal si pones amor y empatía a lo que miras», dice la directora de ‘Cleo de 5 a 7’ (1962) en el documental.
Un homenaje a su gato, Zgougou, en forma de instalación audiovisual, un documental que da voz a las viudas de Noirmoutier, una isla del norte de Francia donde veraneaba, o un retrato fílmico de los vecinos de la calle de París en la que vivió en la década de los 70 (‘Daguerréotypes’) son algunos ejemplos de ese cine de proximidad que no renuncia al humor.
La influencia de la pintura se observa en otras de sus películas: el impresionismo en ‘La felicidad’ (1965) –una mirada envenenada a la armonía conyugal con envoltorio dulce– o los homenajes a Picasso o Magritte en ‘Lions Love’ (1969), de su etapa angelina.
Siempre mirando al otro, la película en la que más mostró de sí misma fue ‘Las playas de Agnès’ (2008), un documental autobiográfico en el que explora sus recuerdos a través de fotografías, extractos de películas y la recreación de escenas. La realidad y su representación es un tema que le obsesiona.
Muy personal es también ‘Caras y lugares’ (2017), una nueva ‘road movie’ por la Francia rural, esta vez acompañada por el fotógrafo y artista callejero JR, en la que ponen en valor a gente anónima, un trabajo que presentó en 2017 en Zinemaldia, donde recibió el Premio Donostia, unos meses antes de ver coronada su carrera con un Óscar honorífico.

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