Josep Solano

«Todo bajo el cielo»: China y sus pretensiones territoriales

Las pretensiones territoriales de China respecto a sus vecinos tienen su origen en tiempos inmemoriales. Xi Jinping calcula milimétricamente sus fuerzas con el objetivo último de expandirse y controlar hasta el último centímetro del territorio sobre el que cree tener un derecho ancestral.

Barcos chinos en las islas Paracel, que la Justicia internacional reconoce como filipinas.
Barcos chinos en las islas Paracel, que la Justicia internacional reconoce como filipinas. (AFP)

A lo largo de más de dos milenios, las fronteras de China han sido siempre difusas y cambiantes, pero en ningún momento cambió su filosofía. La perspectiva arraigada y natural de China fue su dominio sobre «Tianxia» –«Todo bajo el cielo»–, un concepto que tiene su origen en la doctrina de Confucio para la gobernabilidad del mundo, al que Oriente concibe como un todo, a diferencia de Occidente, que lo considera la suma de partes o naciones. Y a pesar de que, a lo largo de los siglos, ha ido rebajando esta pretensión, el presidente chino, Xi Jinping, retoma el Tianxia y deja claro que no solo se convertirá en la primera potencia mundial, sino que desea controlar hasta el último centímetro cuadrado al que cree tener derecho.

Con una superficie de 9,6 millones de kilómetros cuadrados, China es el estado con la frontera terrestre más larga del mundo, con más de 22.800 kilómetros y compartiendo línea divisora internacional, alrededor de su perímetro, con 14 países y dos regiones administrativas especiales bajo su control como son Hong Kong y Macao.

Una parte de sus litigios quedaron resueltos a finales del siglo pasado y principios del vigente después de la disolución de la Unión Soviética: países como Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán han firmado acuerdos con Pekín y, a pesar de algunas escaramuzas, han estabilizado sus líneas fronterizas.

La mayoría de estas discordias territoriales terrestres que mantiene China con sus vecinos ­–algunas por interés estratégico-militar y otras por puro orgullo y prestigio nacional– se producen en la parte occidental de la conocida Línea Heihe-Tengchong. Esta división geo-demográfica imaginaria fue delimitada por el geógrafo Hu Huanyong en 1935 y dividía el país en la zona oriental, con un 43% del territorio y un 96% de la población, y la zona occidental, con un 57% del territorio y un 4% de la población.

A pesar de haber pasado casi un siglo desde su concepción, solo se ha observado un leve incremento de la población en la zona occidental a causa de la emigración-colonización de chinos de la etnia mayoritaria Han hacia zonas urbanas de Tíbet y Xinjian o Turquestán oriental.

Uno de los puntos más calientes es la línea divisoria con su mayor rival económico, comercial y militar: India. Tanto este último como China tienen percepciones muy diferentes sobre dónde se debe demarcar exactamente la frontera de 3.500 kilómetros –una distancia similar a la que hay entre Gasteiz y Moscú en línea recta– que separan a ambos gigantes asiáticos. Una de estas áreas reclamadas por Nueva Delhi y Pekín es la región de Aksai Shin, inmenso desierto de sal, cuyo territorio está atravesado por una estratégica autopista, motivo de la guerra de 1962 entre ambos países y actualmente bajo control chino.

Potencia en expansión

La larga y disputada frontera del Himalaya ha sido también otro de los puntos de fricción entre ambas potencias regionales. El valle de Galwan, en la región oriental de Ladakh, es uno de los muchos puntos críticos entre los dos lados a lo largo de la frontera de facto donde en junio de 2020 hubo un tenso enfrentamiento entre tropas indias y chinas que se saldó con la muerte de 20 soldados indios y al menos cinco chinos. Desde entonces, ambos países han mantenido más de una quincena de rondas de negociaciones militares y diplomáticas, que no terminan de lograr ningún avance.

Este pasado mes de mayo, India denunció que su contraparte china estaba construyendo un nuevo puente en el lago Pangong Tso, y Nueva Delhi condenó estas obras calificándolas de «construcción ilegal». Según el ministerio de Asuntos Exteriores indio, ambos puentes –el actual y otro construido previamente– se encuentran «en áreas que continúan bajo la ocupación ilegal de China desde la década de 1960».

Por otro lado, Nepal, a pesar de existir diferentes tratados con China y el Tíbet en los siglos XVIII y XIX y haber firmado tres acuerdos sobre fronteras en 1960, 1961 y 1963, sigue acusando a China de ir tomando ilegalmente territorio en la zona del Himalaya. En junio de 2020, mientras el mundo luchaba contra la pandemia, China invadió al menos 28 hectáreas de territorio nepalí en cuatro distritos de Humla, Rasuwa, Sankhuwasabha y Sindhupalchok. Además, también ocupó la localidad de Rui, que pertenece al distrito de Gorkha.

El procedimiento utilizado fue simplemente cambiar los pilares fronterizos que demarcan un lado del otro y debido a esto, aproximadamente 190 hogares en el distrito Gorkha de Nepal se convirtieron en parte del territorio chino, sin ninguna protesta internacional.

Más recientemente, el pasado mes de junio, China instaló unilateralmente una cerca de alambre de 150 metros de largo en la frontera de Ruila en el mismo distrito de Gorkha, según informó el periódico local ‘Annapurna Post’. Según estas informaciones, ni el Ministerio de Relaciones Exteriores ni la oficina de administración del distrito tuvieron conocimiento de este hecho. Expertos en asuntos internacionales explicaron al medio de comunicación nepalí que debería haber un consenso entre ambos países para construir estructuras dentro de un territorio fronterizo.

Vecino conflictivo

Con Bután también existen problemas fronterizos en zonas como Cherkip Gompa, Dho, Dungmar y Gesur. A pesar de que este país, con menos de 800.000 habitantes, haya estado negociando con Pekín durante casi cuatro décadas para resolver su frontera de 477 kilómetros, no parece haber dado grandes frutos. En enero, una investigación periodística internacional descubrió que China había acelerado la construcción de más de 200 estructuras en seis emplazamientos diferentes a lo largo del territorio en disputa con Bután, algunos de estos asentamientos disponen de edificios de dos pisos en construcción. Estas edificaciones dispondrían, según estas mismas informaciones, de pocos recursos naturales ni población nativa.

Según algunos expertos, estas nuevas construcciones tienen un importante valor estratégico, ya que se encuentran a entre 9 y 27 kilómetros del área de Doklam, en el cruce de las fronteras de India, Bután y China, enclave donde las tropas indias y chinas mantuvieron un enfrentamiento armado durante más de dos meses en 2017.

Los asentamientos permitirían a China controlar y monitorear mejor las áreas remotas y potencialmente usarlas para establecer instalaciones centradas en la seguridad, según indican estos mismos especialistas. Vietnam y China llegaron a mantener una breve guerra iniciada a principios de 1979 a causa de las fronteras de ambos países.

Vietnam, recientemente unificada después de su guerra de liberación contra Estados Unidos, logró entonces rápidamente la retirada de las tropas del Ejército chino.

A pesar de ello, los enfrentamientos en sus más de 1.281 kilómetros de frontera entre ambos países comunistas duraron más de una década, hasta 1991, en que se normalizaron las relaciones, y en 2002 se firmó un acuerdo conjunto entre China y la ASEAN que marcó un proceso de resolución pacífica y garantías contra los conflictos armados.

Laos, por su parte, tiene una frontera de poco más de 505 kilómetros con China que va desde la conjunción con Myanmar en el oeste hasta su otra conjunción con Vietnam en el este. A pesar que la frontera se estableció entre ambos países en 1964 durante la guerra de Vietnam y se revisaran los acuerdos fronterizos en 1992, China no deja de reivindicar la mayor parte del país alegando un precedente histórico que se remonta a la dinastía Yuan, que reinó en China entre 1271 y 1368.

Apelando a esta misma dinastía, la Yuan, Pekín siempre ha reivindicado el territorio del antiguo reino de Dali en Myanmar, cuando en 1274 éste fue anexado y se transformó en la provincia china de Yunnan. Actualmente, China y Myanmar comparten una frontera de 2.185 kilómetros, fruto de un acuerdo que data de 1960, que no coincide con la distribución étnica de la zona y dejando a minorías como los de’ang o los jingpo a ambos lados de la frontera actual.

La mayoría de las reclamaciones territoriales terrestres de China provienen no solo de su rica y larga historia con dinastías que conquistaron amplios territorios, sino también por la disconformidad del gigante asiático con las demarcaciones fijadas en la era colonial, época en que los confines de un país eran a menudo vagos y con demarcaciones muy poco concretas e imprecisas. Y aunque, según sus vecinos, aprovechó incluso el período de la pandemia para extender un poco más su ya amplio territorio, parece ser que estas escaramuzas fronterizas han quedado al margen momentáneamente después de la crisis desatada hace tres semanas con Taiwan.

Xi no gana nada con una simultaneidad de conflictos, pero sabe muy bien que distraer con un conflicto en el mar de China Meridional le permite mover sus fichas en otros confines mucho menos mediáticos y, por tanto, olvidados.