12/07/2020

Marian Kamara, contra la tabula rasa europea
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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La arquitectura se enseña como si no hubiera pasado en otro sitio más que en Europa». Con un suave acento africano, la arquitecta nigeriana Marian Kamara se expresa en un perfecto inglés estadounidense para hurgar en la herida. «Cada vez que iba a la biblioteca a buscar un libro sobre arquitectura mundial, lo que encontraba tendría, tal vez, un 10 por ciento de contenido sobre Asia, América del Sur, África, y el 90 por ciento restante se dedicaba a Europa y Estados Unidos…¡y tan solo a los 500 últimos años!».

La arquitecta, jefa de un modesto estudio en Niamey, llamado Atelier Masomi, en Níger, ha ido acumulando reconocimientos durante los dos últimos años por una aproximación social, ecológica y comprometida de la arquitectura. El año pasado se le concedió el premio Príncipe Claus (un Princesa de Asturias de Países Bajos), reconociendo su imaginativo uso del diseño sostenible para servir a la comunidad. El análisis de su obra, y el simbolismo de la misma, nos sirven para señalar una falta muy presente en la educación y difusión de la arquitectura: la concepción colonialista de la arquitectura.

La arquitecta Marian Kamara, que trabajó muchos años como desarrolladora de software en Estados Unidos, cumplió su sueño de adolescente y estudió arquitectura en la Universidad de Washington. Cuando volvió, un año más tarde a su Níger natal, comenzó un proceso de “deconstrucción” de todo lo aprendido. «Cuando volví a casa –cuenta en una de sus charlas–, me di cuenta de que la historia de la arquitectura que me enseñaron partía de cómo la gente vivía su propia vida. Un espacio urbano como, por ejemplo, unas terrazas abarrotadas junto al Amstel en Ámsterdam, no puede replicarse en Níger, ya que nosotros huimos de la luz solar. Pero en demasiadas ocasiones de han replicado soluciones que son agnósticas con nuestra realidad». En el África Occidental francés, los franceses “eligieron” una forma arquitectónica predominante, la de las mezquitas de adobe, reconocibles por sus apuntados pináculos, almenaras y vigas en voladizo para reparar el adobe. Durante 60 años los franceses introdujeron elementos de ese modelo de mezquita en estaciones de tren, edificios consistoriales, escuelas, etc… sin importar que el modelo original fuera una mezquita.

En la producción de Kamara y Atelier Masomi destacan dos proyectos; el primero, teórico y no llevado a la práctica, pero terriblemente esclarecedor de los mimbres con los que se hacen los cestos en Níger. El espacio público en Níger es la propia calle, y la presencia masculina en ella es absoluta; la arquitecta cuenta cómo, de adolescente, la única manera que tenían de estar en la calle era ir constantemente de casa de una amiga a otra casa de otra amiga, haciendo que el viaje durara lo máximo posible. Tomando como base esta circunstancia en un país extremadamente conservador, se planteó un proyecto teórico para su ciudad natal, Niamey, que planteaba 4 millas de paseo “femenino”, eligiendo una porción de ciudad donde diseminar zonas modificadas para permitir a las mujeres hacer deporte, estudiar, ir a la biblioteca, hablar entre ellas. De nuevo, hay que tener en cuenta el contexto, pero ese diseño centrado en la mujer, aunque no realizado, fue muy importante en Níger.

El segundo proyecto, el complejo religioso y secular Hikma, ha sido el que mayor notoriedad pública le ha dado. Localizado en Dandaji, una localidad con una población de 3.000 habitantes con una media de edad bajísima incluso para África, los centros más importantes de reunión son la mezquita y la biblioteca. El proyecto plantea un ambicioso plan para dotar de libros, un laboratorio con ordenadores y una zona de estudio para ayudar a mejorar los bajos niveles académicos. Se planteó la utilización de técnicas tradicionales, en lugar de la estructura de hormigón armado planteado, con un gran ahorro; al ser una obra de mano muy barata, se construyó de la manera tradicional que menos material usaba, y mejor rendimiento ofrecía: bóvedas de ladrillos de tierra prensada. De ese modo, por el dinero con el que se planteaba realizar la mezquita en hormigón armado –un material sinónimo de durabilidad, de Europa, de modernidad–, se consiguió realizar la totalidad del conjunto, creando un espacio único donde las personas que antes iban a rezar a casa –es decir, mujeres–, tuvieran la oportunidad de tener cerca un centro de estudios para mejorar su calidad de vida a través de una arquitectura respetuosa con la tradición, pero preocupada por el medio ambiente y la defensa de la identidad africana.