Construyendo España
Se llaman por sus nombres de pila. Eso genera cercanía, hace al televidente relajarse y sentirse cómodo. «Hola, Ana Rosa», dice una chica muy maquillada para salir estupenda en cámara. «Buenos días, Susana», saluda otro periodista al entrar en directo en el plató de Antena 3 como si de verdad fueran amigos.
Una vez establecido el clima de confianza y en este ambiente distendido, todos se ponen a odiar juntos. En este caso, a «la manada» a la que se juzga en Iruñea por una quíntuple violación en sanfermines. Fotogramas filtrados y detalles truculentos van colándose en el debate mañanero para acalorar el odio y subir los índices de audiencia.
Mientras odian, se compadecen de la chica. Les da pena y se sienten bien por apenarse. Siempre en ese mismo clima de amigos, siempre tratándose por el nombre de pila. Se sienten buenas personas por odiar. Devoran los detalles sin sentirse morbosos, sino entes benéficos, seráficos. Ellos son los buenos, los otros, los malos. Puede que en realidad sus vidas sean un asco, pero son buenos, están entre amigos, y odian juntos muy bien, como si estuvieran cogiditos de la mano.
Primero arrancan odiando a los independentistas catalanes, pero como al final es política y se hace pesada, les es necesario pasar a estos odios surgidos de las vísceras como el que genera la violación en Iruñea. No escatiman en gastos para odiar. Desplazan periodistas, usan conexiones satélite y lo que haga falta. Porque su odio tiene el efecto balsámico de sentirse buenos y distintos a violadores e independentistas. Y así, matinal televisivo a matinal televisivo, va cuajando España.

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