Cizre, la última «mártir» kurda
Tras un brutal asedio de ocho días a manos del aparato militar turco, Cizre entierra a sus muertos entre unos escombros que no han podido aplastar ni su apuesta por la autodefensa, ni sus reivindicaciones por un Estado democrático.

Ciudadanos de Cizre: el toque de queda entrará en vigor en 30 minutos». La pesadilla volvía a anunciarse a través de la megafonía. Eran las 18.30 en punto del pasado domingo. A los pocos segundos, decenas de chasquidos metálicos daban fe de que tiendas y establecimientos de todo tipo echaban la persiana hasta nuevo aviso. La última vez fueron ocho días, y habían pasado únicamente dos desde aquello.
A las 18.45, Vafi Arkan, farmacéutico local, había dado con un hombre que vendía huevos y fruta desde la trasera de su furgoneta. Esta vez no iba a caer en el error de quedarse sin comida. Luego le asaltaron las dudas.
«¿A dónde voy? ¿A mi casa o a la de unos amigos?». La segunda opción parecía la más lógica para evitar otros ocho días, o más, de soledad. Además, le daba tiempo de llegar a pesar de los tres kilos de tomates y las dos docenas de huevos con las que cargaba. A las 18.55, empapado en sudor pero ya instalado, Vafi Arkan hacía una última llamada de teléfono a su madre antes de que se cortara la línea. «No se te ocurra salir a la calle», insistía.
Desde el pasado 4 al 11 de setiembre, las fuerzas de Seguridad cercaron esta ciudad kurda de 120.000 habitantes manteniendo un toque de queda de 24 horas. En un principio, fuentes oficiales turcas hablaban de 32 combatientes del PKK miuertops mientras que las kurdas apuntan a 23 civiles. El martes, el Ministerio del Interior turco reconocía «numerosas» víctimas civiles, si bien «todas habían sido abatidas por el PKK».
Autodefensa
«Ciudadanos de Cizre: el toque de queda es levantado a partir de este momento». Arkan apenas había podido dormir aquella noche y ya estaba despierto cuando escuchó el nuevo anuncio de los altavoces a las 7.00 del lunes. Antes de salir a la calle, esperó un rato largo a que otros lo hicieran. Luego se dirigió a la Mala Gel, la «Casa del Pueblo».
Al igual en el resto de las localidades kurdas del norte y del oeste, la Mala Gel también es el centro neurálgico de la vida en Cizre. El edificio se iba llenando de gente poco a poco, tanto ciudadanos de a pie como ilustres. No podía faltar Leyla Imret, la alcaldesa de Cizre, de 28 años, depuesta el pasado viernes bajo acusaciones de «promover el terror» e «incitación al odio». La acompañaba Nursel Aydogan, parlamentaria del Partido Democrático del Pueblo-HDP por Diyarbakir. Aydogan reivindicaba el «derecho a la autodefensa» y decía sentirse orgullosa de que dos distritos de su ciudad también estuvieran «bajo control del pueblo».
Poco después, locales y foráneos guardaban silencio para escuchar un manifiesto leído en voz alta por un grupo de jóvenes turcos del Partido Comunista Marxista Leninista –MLKP–, uno de entre los muchos gestos de solidaridad recibidos estos días.
La Casa del Pueblo se encuentra en el corazón del barrio de Cudi, uno de los tres distritos que continúan bajo control del Movimiento de la Juventud Revolucionaria y Patriota YDG-H. Durante las últimas semanas, estos jóvenes kurdos organizados en forma de milicia urbana han dado un golpe de efecto espectacular llegando a controlar barrios enteros por todo Kurdistán Norte. Heval Zilan («camarada Zilan»”) responsable de la YDG-H en Cudi, no vacila a la hora de definir la estrategia del movimiento al que pertenece: «No hay diferencia entre la YDG-H y el PKK, para mí es lo mismo», traslada a GARA esta joven de 22 años.
«¿Qué tipo de munición es ésta?»
Que el Gobierno ha perdido el control en las calles de Cudi es evidente en la miríada de pintadas en kurdo en paredes desde las que también cuelgan banderas del PKK y, por supuesto, retratos de Oçalan. Tampoco se olvida a los últimos «mártires» de Cizre, entre los que se cuentan tres miembros de la YDG-H, un anciano de 75 años abatido por una bala y un bebé de 35 días, fallecido por falta de asistencia médica. A las ambulancias no se les permitió la entrada a la ciudad durante el asedio y, a día de hoy, el hospital sigue cerrado.
La mayoría de los 23 muertos, siempre según fuentes kurdas, cayeron en el vecino barrio de Nur. El grado de destrucción recuerda al de muchas localidades de la vecina Siria, con montones de escombros amontonados en la calle y casas enteras destruidas por el fuego. Una de éstas es la de Hathiye Yokarcik. La anciana camina impotente frente a los restos del lugar donde vivía hasta hace unos días.
«No me atrevo a entrar porque tengo miedo de que la policía haya dejado una bomba trampa dentro», dice esta kurda de 68 años (un vídeo de un policía turco colocando un explosivo mientras es escoltado por sus compañeros ha circulado de forma viral por las redes kurdas). «Nos habíamos mudado hace menos de un año, la casa era nueva pero ahora nos hemos quedado en la calle», lamenta la mujer.
En la misma calle, la residencia de Abdurrahman Danesh presenta un aspecto parecido. «¿Qué tipo de munición es ésta?», pregunta, mostrando una granada de fusil de 40 mm. «Mi casa está llena de ellas», añade este kurdo de 70 años que vivía demasiado cerca del retén de la YDG-H. Escalofriante es también el estado en el que ha quedado la sala de estar de Ibrahim Dostam. Veía las noticias con su mujer y una de sus hijas cuando un proyectil similar atravesó el tabique e impacto sobre el televisor de plasma, acabando su viaje en un dormitorio anexo. Por el agujero de su cocina cabe una persona. En realidad, es muy parecido al que muchos residentes han abierto en sus tabiques para poder recibir ayuda de sus vecinos o, eventualmente, huir. Como en Siria.
Si bien no tan llamativo, el hedor que emana de las carnicerías tras ocho días sin electricidad es otra prueba elocuente del castigo al que se ha sometido a la ciudad. Todavía es demasiado pronto para cuantificar los daños pero Abdulá Dogan aporta cifras casi exactas:
«Calculo que he perdido en torno a las 10.000 liras turcas (algo más de 3.000 euros) durante el tiempo que he tenido cerrada la tienda», dice este propietario de un comercio de flores en el centro de Cizre.
«Intentarán arruinar nuestra vida hasta que nos vayamos de aquí», añade, escoba en mano. «Ese es su objetivo».

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