Raimundo Fitero
DE REOJO

La gente

Hacía tiempo que no hablaba de ese ente extraño al que se alude como “la gente”. En una redacción de EGIN aprendí con Txema Ramirez que no debíamos utilizar esa voz para referimos a concentraciones de manifestantes o a los asistentes a un concierto o a un partido de fútbol. Pero cuando en pocas horas escucho invocar a la gente desde el parlamento español, desde un mitin en el Velódromo o desde ETB2, nada menos que a Arnaldo Otegi, entra mi centrifugadora mental a funcionar y todo se me vuelve papilla retórica.

¿Hemos sustituido al pueblo por la gente? ¿Es despectivo o es un privilegio ser gente en boca de un dirigente político? ¿Es la misma gente la que invoca Iglesias que la que convoca a la reflexión Otegi? Si los partidos políticos escuchan a la gente, ¿para que sirven los cuadros, las ideologías, los planes, los proyectos y programas? Es un recurso comodín, sirve para una cosa o para la otra, casi todas las tautologías se pueden fundamentar en un supuesto conocimiento exhaustivo de lo que piensa la gente. Cuando se hacen encuestas se suman las respuestas de cientos o miles de individualidades, cuando se convierte cada uno de nosotros en gente, en masa, no somos nada, somos un montón de clientes, votantes o silentes receptores de unas políticas que se hacen en nombre y para esa gente, de la que no sabemos bien si formamos parte o no.

Que cada cual hable en nombre de sus ideas, de su proyecto, que pida perdón en primera persona o colectivamente, pero que no nos pase a la gente toda la responsabilidad de sus decisiones. Y suena muy mal, y no es un estilo apropiado para estos tiempos tan complejos en donde todo es de volatilidad incontrolable, incluso la propia gente es lo más variable. Porque hay gente que vota a unos y otra gente que vota a otros. ¿O no?