La cristiandad oculta en las catacumbas romanas

La segunda realización que Andrew Hyatt hace bajo el paraguas del lobby cristiano de los EEUU, trás su pobretona “Llena de gracia” (2015), supone un salto cualitativo tanto para él mismo como para el cine religioso de bajo presupuesto, ya que con cinco modestos millones de dólares consigue una obra muchomás seria y madura, con un diseño artístico encomiable y un reparto estelar de contrastada profesionalidad, además de unos exteriores naturalistas rodados bajo la luz crepuscular de la isla de Malta.
Hay un par de aspectos peculiares en “Pablo, el apóstol de Cristo”, ya que Andrew Hyatt viene del género de terror, característica que se manifiesta de forma singular en las imágenes de los cadáveres de los cristianos colgados como antorchas humanas en las calles, o sirviendo como comida para los leones en el circo romano. Igualmente, otorga a la escenificación de la clandestinidad el aire siniestro de las catacumbas, que se conjuga con la oscuridad de las mazmorras custodiadas por el prefecto Mauritius, papel que recae en un sobrio Olivier Martinez, hasta que la desesperación por la enfermedad de su hija pequeña le empuja a pedir la ayuda del apóstol Lucas como médico que atesora el conocimiento científico griego. En cuanto a su estética integrista la película funciona al estilo de Mel Gibson, con quien no por casualidad comparte al actor creyente fundamentalista Jim Caviezel, orgulloso del calvario que sufrió en “La pasión de Cristo” (2004).
Aquí, en cambio, los mayores padecimientos recaen sobre James Faulkner, inmenso en su iluminada interpretación digna del mejor cine espiritual del maestro Dreyer. Resulta admirable cómo representa la figura de un Pablo torturado en el sentido físico y anímico por los carceleros del emperador Nerón, dada su condición de máximo converso de la cristiandad. Es lo más destacable al lado de la banda sonora del compositor polaco Jan A.P. Kaczmarek.

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