Kanakos y charrúas
Dos clubes neocaledonios juegan la final de Champions oceánica, en Alemania una pancarta revive la simpatía de Hitler por el Schalke.

¿Qué puede unir al ondarrutarra Eñaut Zubikarai con el kanako Christian Karembeu? Vayamos por partes, empezando por este último, exfutbolista, entre otros del Real Madrid, y campeón mundial con los Bleus. Estamos en París, 1931, Exposición Colonial que tanto gustaba en Occidente para hacer desfilar sus conquistas territoriales, entre ellas, a nativos de diferentes procedencias de ultramar. Willy Karembeu era el cartel que etiquetaba la jaula tras cuyos barrotes era desmenuzado a base de miradas uno de aquellos aborígenes, originario de Nueva Caledonia, y que seis meses después de aquel ‘circo’ regresó a su tierra natal. Formó una familia y tuvo once descendientes, uno, nacido en 1970, Christian.
Años más tarde, a oídos de otro Christian, Kombouare, primer compatriota que triunfaría en la Liga francesa debutando en 1982 con el Nantes, triunfando más tarde en el PSG y hoy entrenador del Dijon de la Ligue 1, llegó la noticia de las buenas dotes futbolísticas de aquel chaval, al que reclutaría con 18 años. Uno y otro han pasado a ser, a la postre, los dos principales hitos del fútbol de Nueva Caledonia, desconocido balompié que acaba de certificar la inédita presencia de dos clubes en la final de la Champions oceánica, con billete, para uno, rumbo al próximo Mundial de Clubes. Y aquí es donde cobra todo su protagonismo el vizcaino exportero de la Real Eñaut Zubikarai.
Estos días se han disputado los partidos de las semifinales de la máxima competición oceánica de clubes, cruce entre dos equipos neozelandeses, favoritos, y dos neocaledonios. Entre los primeros, el equipo en el que defiende la portería desde hace cuatro temporadas el de Ondarroa. Corría el minuto 45 de encuentro cuando con 1-0 a favor, Zubikarai resbaló con el balón controlado, un rival se lo birló y el arquero vasco, en su intento de subsanar el fallo, acabó por empeorarlo derribando al jugador en la frontal del área: roja y expulsión. Cuatro minutos después llegaba el empate y en el minuto 89 el lapidario 1-2 . Hace dos años su equipo ya ganó esta competición y Eñaut fue nombrado mejor portero del torneo. Esta vez, el fatal desenlance acabó propiciando el pase a la final del Magenta, que se las verá con el no menos sorprendente Hienghène Sport, también de Nueva Caledonia, que dejó en la cuneta al Team Wellington, campeón defensor de la OFC Champions League. El hito logrado por el fútbol kanako no es baladí: en las 17 finales anteriores, solo un club de Papúa Nueva Guinea había roto el dominio australiano y neozelandés.
El pueblo kanako sabe lo que es que le pasearan como animal enjaulado en aquella Europa colonialista y esquilmadora, como lo sabe también el pueblo charrúa que ocupaba desde hace siglos el norte del río de La Plata, lo que hoy es Uruguay. El 11 de abril de 1831, su pueblo fue traicionado y masacrado a orillas del arroyo Salsipuedes, poniendo punto y final al «problema charrúa», como lo ventiló en dos palabras el primer presidente del país y general Fructuoso Rivera. Dos años después, el viejo cacique Vaimaca Perú, su curandero Senaqué, el guerrero Tacuabé y la india Guyunusa, embarazada de este, fueron vendidos a un empresario francés que embarcó a los últimos charrúas hacia París para exponer ante las inquisidoras miradas de Europa a aquella «raza cobriza».
La garra charrúa del Negro Varela
No solo fueron expuestos, también estudiados, analizados, murió primero Senaqué, luego Vaimaca, sus cuerpos fueron diseccionados y escudriñados, nació el bebé... Aquella inhumanidad caló en parte de la sociedad parisina, que protestó, el empresario huyó a Lyon con la pareja y su hija, los vendió a un circo, murió la madre y Tacuabé escapó, de nuevo, esta vez con la cría... Lo que sucedió a continuación con ambos es pasto de leyendas y especulaciones.
En los años noventa, grupos indigenistas reclamaron que los restos de los charrúas muertos fueran repatriados, hasta que fue el presidente Jacques Chirac quien, en 1997, inició los trámites. En 2002, los restos retornaron a suelo uruguayo y en 2004 el Parlamento del país prohibió experimentos y estudios científicos con ellos. Hoy, reposan en el Panteón Nacional.
Desde 1935, a la clásica resistencia uruguaya se la conoce como «garra charrúa», el espíritu de la batalla, el pegamento de su selección nacional, ese que enarboló gente como la gran leyenda ‘El Negro’ Obdulio Varela, el mismo que cuando los dueños de Peñarol pusieron la primera publicidad en las camisetas, se negó a vestirla: «Ya pasó el tiempo en el que a los negros nos señalaban con argollas». Cuentan que no sentía ningún ardor patriótico. ¿La explicación? «Mi patria es la gente que sufre». Lo decía quien tras el ‘Maracanazo’ se fue a festejarlo compartiendo cervezas por las barras de Río «con mis hermanos de raza».
El fútbol doméstico uruguayo hoy sufre. Este sábado debía jugarse el Clásico más antiguo fuera de las Islas Británicas, según la propia FIFA, Peñarol-Nacional, pero una huelga de árbitros tras las amenazas recibidas por parte de un grupo de hinchas del primero, ha obligado a posponer este derbi de Montevideo que arrastraba problemas sobre cómo garantizar la presencia de seguidores visitantes.
Ya lo decía Goebbels
Hinchas a domicilio que la liaron en la visita al Signal Iduna Park de Dortmund, que recibía la visita del Schalke, en el derbi de la Cuenca del Ruhr, una rivalidad que data de 1925. Los ultras mineros enarbolaron dentro una pancarta que rezaba ‘‘Libertad para Sergei W.’’, autor material del atentado contra el autobús del Borussia antes del partido de Champions ante el Mónaco, en el que resultó herido el hoy jugador bético Marc Bartra. Escándalo y recordatorio de que el Schalke fue el equipo de Hitler, acusación que se suele repetir pero que no suele responder a toda la realidad. Curiosamente, la potencia futbolística alemana por excelencia de mediados de los 20 hasta mediados de los 40, con su famoso Schalker Kreisel, y que simbolizaba la raza aria, estaba formada por mayoría de jugadores de origen polaco. Pero ya lo decía Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi, «ganar un partido tenía más importancia para la gente que invadir una ciudad del este de Europa».
Alemania invadió Polonia, y Robert Lewandowski, un polaco, lidera hoy la tabla goleadora, con 21, en una Bundesliga en la que el Bayern atesora dos puntos de ventaja tras la derrota 2-4 del Dortmund en su derbi. Y mientras, en la Ekstraklasa polaca el que encabeza la lista de anotadores no es un alemán ni un nacional, sino un ex del Athletic y bilbaino de nacimiento, Igor Angulo, que alcanza las 25 dianas esta temporada, de ellas 22 en Liga con su Górnik Zabrze.
Zubikarai, Angulo, vascos por el mundo dejando muescas en el cuero de un planeta redondo, que lo mismo sitúa en el mapa al pueblo kanak, que grita «uruguayo, uruguayo». El fútbol.

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