2019/08/25

Dabid LAZKANOITURBURU
Un G7 a varias velocidades y con la nada como meta

Ante una situación mundial explosiva, y en plenas disensiones entre las potencias occidentales, la Presidencia francesa busca complicidades sectoriales apuntando a chivos expiatorios externos.

Macron ha adelantado que no habrá un comunicado final «que, sinceramente, no se lee nadie».

El circo ya ha comenzado. Tras la llegada ayer de los siete líderes del G7, agasajados con una opípara cena, el plato fuerte de la cumbre arranca hoy, pero los principales actores ya han ido tomando posiciones sobre el escenario, lo que arroja ya algunas pistas sobre el «duelo geopolítico» al que asistiremos estos dos días.

Un duelo que tiene lugar en un contexto de división inédita entre las potencias occidentales, impulsado por la retorsión imperial de la Presidencia estadounidense de Donald Trump y por la crisis existencial de la UE, agravada por el Brexit, cuyo abanderado, Boris Johnson, se estrena desde el cargo de primer ministro británico en este tipo de cumbres.

La reunión entre ambos líderes no será el único encuentro bilateral en la cargada jornada de hoy, pero sí uno de los más esperados mientras se especula con la eventual conformación de un eje anglosajón EEUU-Reino Unido que tendría hondas repercusiones en la arena internacional.

Por de pronto, Trump ya ha marcado el terreno cuando, en pleno vuelo con destino al aeropuerto de Burdeos, amenazaba con nuevos aranceles a los vinos franceses si París insiste en la cumbre en promover la idea de aplicar un impuesto a los tan exentos como gigantes tecnológicos estadounidenses.

Pese a que se reconoció como «poco fan» de estas compañías, el magnate recordó que «son estadounidenses» y concluyó que «si (los franceses) lo hacen, aplicaremos aranceles a su vino como nunca antes hemos hecho».

El aludido y anfitrión francés, Emmanuel Macron, se está revelando en este G7 como el gran equilibrista, en un intento de ocultar su debilidad interna (los chalecos amarillos le esperan quizás a la vuelta de otoño) y su prevención antes de enfrentarse directamente con Trump.

El inquilino del Elíseo ha optado por buscar un «enemigo fácil» en la figura del ultra y presidente brasileño, Jair Bolsonaro, al calor de la oleada de incendios que asola la Amazonía.

Macron no ha dudado en subirse al carro de la justa causa contra la destrucción del «pulmón del mundo» y lo ha hecho manipulando con imágenes de hace 20 años y con un lenguaje que, cierto –aunque lo diga Bolsonaro–, rezuma tufo colonial.

El mismo tufo que destila la anunciada para hoy sesión de trabajo sobre «Cooperación del G7 con África» y que de ninguna manera se puede deslindar de la pugna de Francia por seguir monitorizando y controlando sus antiguas colonias africanas (Françafrique).

Macron quiere convertirse en una suerte de director de orquesta de un mundo liberal «reformado». De ahí su afán por apropiarse y poner en el centro de la agenda de la cumbre cuestiones como la lucha contra el cambio climático y contra las desigualdades, económico-sociales y/o de género.

Otra cosa es que sus afanes no sean más que fuegos de artificio. La canciller alemana, Angela Merkel, le bajó los humos ayer mismo al advertirle de que castigar a Bolsonaro bloqueando el acuerdo comercial entre la UE y Mercosur sería simplemente pasarse de frenada.

Y eso que la propia Merkel, en el final de su longeva carrera política, y el dimitido y en funciones primer ministro italiano, Giuseppe Conte (anegado por la sempiterna crisis política que asola Roma), no están precisamente para hacerle sombra al presidente galo.

El maestro de ceremonias de la cumbre, quien coqueteó a principios de semana con Rusia recibiendo a Vladimir Putin en su residencia de verano y que ha invitado a India a la cumbre de Biarritz, tiene una oportunidad de oro para denunciar al primer ministro panhindú, Narendra Modi, por su decisión de derogar manu militari la autonomía de la Cachemira ocupada.

Todo apunta a que primará más la consideración de India como la gran potencia asiática que puede hacer sombra a China.

Una China metida de lleno en una guerra comercial decretada por Trump y cuyo agravamiento coincide con el inicio de la cumbre. También estará en la agenda la cuestión nuclear iraní, en la que Macron, quien se ha entrevistado estos días con el ministro de exteriores persa, Mohamad Javad Zarif, busca erigirse como una suerte de De Gaulle mediador y no alineado.

Pocas expectativas debe tener el «faiseur de rois» del Elíseo cuando ha adelantado que probablemente no haya comunicado final tras la cumbre. «Más que negociar declaraciones finales que no se lee nadie (sic), intentaremos avanzar en coaliciones entre países de buena voluntad».

Un G7 a varias velocidades y con la meta en la nada.