Raimundo FITERO
DE REOJO

La consciente conciencia

Si alguna vez alguien se había preguntado ¿para qué sirven los reyes?, ayer tuvo motivos más que suficientes para comprobar que se trata de unos elementos imprescindibles para el espectáculo de la riqueza, los delirios de grandeza imperiales y el credo religioso como bastión de toda consagración de la diferencia de clases. ¿De verdad se creen los medios de comunicación de Occidente que interesa mucho esta coronación de un personaje enajenado y decrépito? Conste en acta que se han visto en informativos de cadenas generalistas reacciones mayoritarias en campos de fútbol escoceses e ingleses en contra de la coronación, y todo lo que ello conlleva, entre otras cosas, una gasto público de más de cien millones de libras porque era un acto de Estado. Viva el Brexit.

Es tan cercana la conciencia de la consciencia, que uno puede estar cabalgando a lomos de una y caerse al suelo por culpa de la otra. Dicen los especialistas amparados en estudios científicos que, obviamente, no se pueden comprobar con fidelidad desde esta parte de la pantalla informativa, que la conciencia sobrevive a la muerte cerebral. De primeras se puede leer consciencia, pero si estás consciente no estás muerto, en cambio la conciencia ese ente intangible que se emparenta con el alma permanece pululando entre nuestras vísceras, feromonas descarriadas y sentimientos perdidos en la frialdad de la sequía de riego sanguíneo. Una conciencia que puede convertirse en pesadilla post mortem. Debe ser por eso que maquillan a los cadáveres en la morgue: para que no destaque la mala conciencia del finado.