Merz y la CDU tienen difícil encontrar un socio de Gobierno que no sea la AfD
La Unión Demócrata Cristiana (CDU) tiene la responsabilidad de iniciar las conversaciones con el resto de partidos para la formación del Gobierno, como corresponde a la formación ganadora de las elecciones. Su candidato a canciller, Friedrich Merz, lo tiene difícil tras haber quemado puentes.
La triunfadora en los comicios generales del domingo fue la alta participación. El 84% del electorado acudió a las urnas, el porcentaje más alto desde las primeras elecciones de la Alemania unificada en 1990, cuando la socialista República Democrática Alemana (RDA) se adhirió a la República Federal de Alemania (RFA). Aquel territorio, que existió durante 40 años, ha resurgido este 23-F, pero no bajo la bandera roja del socialismo, sino cubierto del azul del neofascismo alemán. Con este color se identifica la Alternativa para Alemania (AfD). La parte oriental parece su feudo, ya que ha vencido en la inmensa mayoría de las circunscripciones electorales En el Estado Libre de Turingia, donde el comité regional de la AfD es considerado el más radical, el más etnicista, el más cercano al nazismo, ha mejorado el resultado de los comicios regionales del año pasado, al subir del 33% al 40%.
En total, unos diez millones de ciudadanos han votado a la AfD, que ha duplicado el resultado de 2021. Ahora, la formación encabezada por la candidata y copresidenta Alice Weidel es segunda fuerza. Si no fuera neofascista, su coalición con la CDU estaría cantada, pero aún quedan restos del cordón sanitario que lo evita. Por ahora.
En la noche electoral, Weidel y otros dirigentes se mostraron pacientes porque no tienen prisa en gobernar -además de carecer de la experiencia de hacerlo- y porque la CDU debe mover ficha primero.
La derecha democrática de Friedrich Merz es la primera, fuerza, pero con menos apoyo del esperado, al quedarse con un 28% frente al 30-32% que auguraban las encuestas. Aunque ha ganado, el resultado debilita la posición del eventual canciller de Alemania en el seno de la CDU. En víspera de las votaciones -en Alemania no hay jornada de reflexión- Merz se equivocó de tono al cerrar la campaña. «La izquierda se ha acabado», exclamó en Munich, vitoreado por militantes de la Unión Social Cristiana (CSU), la hermana regionalista de la CDU en Baviera. Llegó a llamar «locos» a quienes ese día se estaban manifestando en la capital bávara en su contra y de la colaboración de la CDU/CSU con la AfD producida a finales de enero en el Bundestag.
Merz pronunció de la manera más despectiva posible la palabra «antifa(scista)». Incluso llegó a mentir al acusarles de no haberse manifestado después de que un neonazi matara a un gobernador civil de la CDU en Kassel. El tal vez futuro canciller mostró una faceta ultra que puede llevar a pensar que si las conversaciones con el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) no dan fruto sí podría formar un bipartito con la AfD. Esa nueva Gran Coalición se vestiría de negro y azul.
Después de quemar los puentes con «la izquierda», el nuevo Bundestag obliga a Merz y a la CDU a hablar con el SPD, cuya caída de nueve puntos le ha dejado con un 16% de apoyos, el peor resultado cosechado desde 1949.
En la misma noche electoral, su canciller en funciones, Olaf Scholz, asumió su parte de la responsabilidad de esta histórica debacle. Seguirá como diputado porque ganó el mandato directo de Potsdam, pero no aspira a ningún nuevo cargo dentro de la formación.
El SPD ha iniciado, de forma inmediata, su cambio generacional. Su copresidente Lars Klingbeil, de 47 años, quiere ser también jefe del grupo parlamentario. Pertenece al ala derechista del SPD, lo que podría facilitar la constitución de un bipartito con la CDU. «No se puede meter a nadie en una coalición a base de hostias», advirtió ayer, sin embargo, su secretario general, Matthias Miersch, en una entrevista con la cadena privada n-tv. Pertenece al ala izquierdista del SPD, sus palabras hacen referencia a que el partido salió diezmado de las Grandes Coaliciones con la canciller Angela Merkel (CDU). Que aun así Scholz ganara los comicios de 2021 responde a que tanto él como el SPD gozaban de bastantes más simpatías que ahora entre el electorado y a los errores que entonces cometió el candidato de la CDU, Armin Laschet. Miersch anunció que se consultaría a las bases antes de formar cualquier coalición.
La CDU tiene ahora solo al SPD como socio potencial porque el Partido Liberal Demócratico (FDP) y la escisión de Die Linke (La Izquierda), la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), se han quedado por debajo del límite del 5% y del Bundestag. Si los dos partidos hubieran entrado, el reparto de los 630 escaños hubiera sido distinto. Además de al SPD, la CDU habría necesitado a los Verdes ecologistas como tercer socio.
El partido liderado por el ministro de Economía y vicecanciller en funciones, Robert Habeck, cayó del 14% al 11%. Insatisfecho con este resultado, el político dijo que no buscaría otro cargo de responsabilidad en la formación. Su retirada deja margen de maniobra a su correligionaria, Annalena Baerbock, titular de Exteriores.
La candidata de Die Linke, Heidi Reichinnek, logró, con la palabra «resurrección», el 8,8% de los votos para un partido al que los sondeos daban hasta hace poco el 3%.
Con una campaña electoral puerta a puerta, centrada en los principales temas sociales -alquileres, precios de la energía, eliminación del IVA a alimentos y una mayor carga fiscal sobre los altos salarios- la formación logró, además, seis mandatos directos, todos ellos en el este alemán. «Nosotros somos la oposición social en el Bundestag y en la sociedad», dijo ayer el copresidente Jan van Aken. Ines Schwerdtner, su copresidenta, habló de «satisfacción personal» por haber conseguido uno de los mandatos directos en Berlín al vencer a la neofascista Beatrix von Storch (AfD). «No les dejaremos el este», afirmó. Van Aken subrayó que el éxito se debía a que todos -el partido, sus tres veteranos de la «misión canosa» y sus afiliados- han trabajado en equipo.
Esa indirecta iba dirigida a su escisión, la BSW. El partido de la ex-Linke Wagenknecht obtuvo el 4,97% de los votos, a falta de 13.400 (0,03%) para entrar en el Bundestag. Ante la prensa, la líder de la BSW repasó la historia del partido fundado a finales de 2023. Enumeró las dificultades que el sistema político pone en el camino a cualquiera nueva formación. Aun así, la BSW empezó de forma fulgurante en las elecciones europeas y en tres regionales en 2024. Pero el adelanto de los comicios de septiembre a febrero de 2025 le sorprendió, ya que faltaban por crear varios comités regionales. Wagenknecht también denunció cómo en poco tiempo los sondeos de Forsa rebajaron la intención de voto de la BSW del 6% al 3% en plena campaña mediática contra el partido. Junto a sus asesores legales está estudiando la posible impugnación de los comicios, entre otros pasos legales.
De hecho, en las elecciones se han producido varias irregularidades. En Berlín, el jefe regional electoral tuvo que ordenar el recuento en dos distritos por graves discrepancias. Además, más de 230.000 alemanes residentes en el extranjero habían pedido a tiempo el voto por correo, pero no les llegaron las papeletas. Entre los afectados está, incluso, el embajador en Londres.
En el caso de que, por la razón que fuera, la BSW tuviera representación en el Bundestag, el panorama político se complicaría más para Merz y la CDU. Sin embargo, su denominador común con representantes del SPD y de los Verdes ha sido una frase: «El mundo no nos estará esperando». Así se referían a los cambios geopolíticos que los EEUU de Donald Trump están realizando en estos momentos.
Si Merz va a tener la experiencia y la altura de miras para responder a los nuevos retos y lo que suponen para la UE y Alemania está por ver. Después de su exabrupto de Munich no hay muchas esperanzas que así sea. Ya en enero, cuando los sondeos situaban a la CDU, por primera vez, por debajo del 30%, copió el estilo del decretazo de Trump.
Merz ha anunciado una serie de medidas adoptadas por el Gobierno de Scholz que quiere cambiar nada más ser investido como canciller. El problema es que la Constitución alemana es muy distinta a la de EEUU y a su sistema presidencial. Aunque confiere al canciller el derecho y la obligación de marcar las pautas al Gabinete, el jefe de Gobierno está sometido a la Ley Fundamental. Por sus declaraciones parece que tanto Merz como el secretario genera de su partido, Carsten Linnemann, no la han leído y tampoco tienen en cuenta que Alemania no puede saltarse la legislación internacional como hace EEUU.
Para llegar hasta ahí, primero Merz tiene que ser elegido canciller por la mayoría absoluta de los diputados del Bundestag y, para eso, debe convencer al SPD -o a la AfD-. Le beneficia que no es fácil ir a comicios anticipados. El presidente de la RFA solo podría disolver el Parlamento si el canciller es elegido con mayoría relativa en una tercera votación después de no haber logrado la absoluta en las dos primeras.