Santi Noriega
CRóNICA MUSICAL

Myra Melford Fire & Water Quintet y la pureza del lenguaje

La punta de lanza de la vanguardia del jazz sorprendía al público del Teatro Principal con una música carente de clichés logrando, a pasar de la crudeza del lenguaje musical, que dicho público forzara un imprevisto bis que ni artistas, ni teatro ni festival habían contemplado como posibilidad.

Myra Melford en el Festival de Jazz de Gasteiz.
Myra Melford en el Festival de Jazz de Gasteiz. (Jaizki FONTANEDA | FOKU)

Para hablar de la música del futuro comenzaré con una pregunta. ¿Cómo hablar sin clichés? La RAE en su tercera acepción define el término como «lugar común, idea o expresión demasiado repetida o formularia» y sin embargo, en el guirigay de la vida cotidiana, los usamos constantemente como atajo para llegar a algúna idea, como manera de desviar un tema o como un tic que nos permita relacionarnos socialmente sin agotarnos y sin agotar, es decir, siendo convenientemente vanales. Y entonces, ¿se usan clichés en la música? Después del popular vídeo de Rob Pavaronian en el que, sobre la base de los acordes iniciales del Canon de Pachelbel, cantaba al menos una veintena de temas que todos conocemos, desde Bob Marley a U2 pasando por los Beatles y muchos otros, revelando que muchas de las canciones más famosas del mundo usan una misma construcción armónica. Podríamos decir entonces que esa secuencia de acordes es un cliché, un lugar común. La verdad es que si nos ceñimos a los tres primeros acordes los hits serían miles, un número incalculable de canciones que año tras año llenan las ondas de las cadenas de radio en el estilo de música que se quiera, ya que el pop, el folk, el punk, el rock, etc., comparten clichés.

El hecho de que existan dichos clichés hace que la mayoría de las personas se sientan cómodas a lo hora de escuchar y aceptar una nueva canción, ya que en el fondo, se rige por alguna misteriosa estructura interna y unas normas que no son nuevas para nosotros. Aceptamos alguna sorpresa pero cuando estas se suceden nos incomodamos, nos ponemos alerta, desconfiamos. Debe de ser algo así como en el bar en el que tienen siete variedades de vino a elegir, cada cliente siempre pide la misma. Es poco común encontrarse con quien los ha probado todos. Estaríamos entonces frente a una persona de espíritu aventurero.

Pues bien, así, sin clichés, es la música que Myra Melford, pianista y compositora originaria de Illinois, nos ha presentado en una segunda jornada del Festival de Jazz de Gasteiz dedicada a la música improvisada de vanguardia. Y como hablar evitando los lugares comunes es un reto de gran envengadura, se presentaba en el Teatro Principal acompañada por la guitarrista Mary Halvorson, una garantía en aventuras experimentales y la versátil saxofonista Ingrid Laubrock, ambas líderes en sus propios proyectos, compinches y sospechosas habituales en los escenarios más peligrosos del Jazz Free. Completaban la banda la violonchelista Tomeka Reid, que parece sentirse cómoda dentro de esa ingrávida jaula de grillos y la delicada y sutil baterista Lesley Mok, ambas jóvenes promesas de esa periférica y extraña escena de la música cuya norma es no usar las reglas comunes sino como referencia a evitar para crear un nuevo lenguaje.

Si les parece que todo lo que les estoy narrando es un poco extraño, excéntrico o rimbombante, le ruego me disculpen y piensen que a lo largo de hora y media hemos estado expuestos a un continuo bombardeo de sensaciones nuevas, donde, por ejemplo, sucedía que el solista creaba un asidero del que se colgaban todos los demás en vez de la situación habitual que todos conocemos, que es que la banda crea una base sobre la el solista realiza sus piruetas musicales. ¿Se lo pueden imaginar? Situaciones de diálogo entre instrumentos, donde la batería y el saxo charlan, discuten, coquetean, se interrumpen a lo largo de un espacio de tiempo libre compartido, y tras un pasaje algo más concreto que viene a mediar y poner orden, entran en diálogo la guitarra y el chelo mientras el piano vigila de poner un fondo a la situación. Y no hablemos del ritmo, porque, al contrario de lo que es habitual, aquí no hay uno pactado durante largos pasajes musicales, sino que el dispar ritmo interno de cada una de las intérpretes termina por crear una suerte de ritmo común. En definitiva, una experiencia intensa que requiere de la apertura sensorial del oyente y de la mayor de las entregas, ya que el receptor siempre es partícipe y el objetivo final del juego es sentirse conmovido de alguna manera.

Bajo todos estos condicionantes, y ante el temor de que hubiera sido demasiado para la audiencia, en cuanto terminó el último tema del concierto el teatro se lanzó con la música de fondo, cosa que normalmente ocurre después de los bises, invitando y facilitando a la audiencia a una salida honorable. En este caso, ni las artistas, ni la organización, ni el teatro ni el mismo público esperaron que a pesar de la invitación a levantarse del asiento y salir corriendo del teatro a respirar y asimilar lo ocurrido, el insensato y atrevido público decidió que quería su bis, y persistiendo la ovación sobre el ‘Cantaloup Island’ de Herbie Hancock de fondo, se bajó finalmente el volumen y salieron de nuevo, sorprendidas, las cinco mujeres venidas del futuro a regalar un poco más de música a una de las aficiones más aguerridas que se hayan visto jamás.

Nos recordaba Schöemberg que la música carece de objeto material, y es por ello la más abstracta de las artes, siempre y cuando nos refiramos a la música carente de texto, ya que este nos devuelve de nuevo al mundo de lo concreto, a los clichés de alguna manera. Nos advierte de que al traducir ese lenguaje abstracto, esa imitación de la naturaleza al lenguaje común, se pierde el lenguaje del mundo, que debería seguir siendo solo perceptible a la par de incompresible para la razón. Y exactamente es lo que estoy tratando de hacer yo al querer acercarles a lo sucedido, al hecho musical, es decir, a lo que Myra Melford y sus intrépidas compinches compartieron con los conmovidos asistentes a la sesión de tarde en una nueva memorable jornada del Festival de Jazz de Gazteiz.

Los artistas hablan en Hibridalab

A lo largo de la semana el festival ha organizado una serie de charlas coloquio en el espacio de innovación Hibridalab. Pasarán por allí y darán su punto de vista sobre diferentes aspectos relacionados con la música Pablo M. Caminero, Clara Peya y Ramón Prats. Este martes el encargado de abrir el ciclo de Charlas fue el contrabajista y compositor Baldo Martínez, a razón de la grabación que el artista gallego ha realizado con la colaboración del festival de los temas que representara en la pasada edición en el escenario principal del polideportivo de Mendizorrotza. La charla analizó la situación de la música experimental frente al mercado, o fuera de él, y aspectos de la composición e interpretación de los temas del disco, con audición de partes y alguna que otra tocada en directo.

Se cierra la charla con un pequeño pero sabroso ágape, donde no faltan el buen vino y algunos pinchos para empujar, como coloquialmente se suele decir, y una animada charleta entre los asistentes. Todo ello me ha hecho recordar el revolucionario artículo de Hunter S, Thompson que dio origen al periodismo gonzo, ‘El derby de Kentucky es decadente y depravado’, el cual me veo obligado a mencionar y tras lo cual, salir huyendo hasta la próxima entrega. Quedan cinco jornadas de conciertos por delante y se vienen la sesión nocturna en Mendizorrotza con sus grandes nombres y las jams en el Silken. Seguimos informando.